Por fín llego al gran roble que Gevaudan le había dicho gusto antes del desafío. Era custión de honor cumplir la promesa que silenciadamente aceptó. Sería un largo trago revivir ante un desconocido la caida de Gevaudan, pero no había duda. Su hermano de leche había muerto por su propias garras y no tenía opción. La herida sería para siempre y no curaría jamás, solo quedaba respetar su memoria.
Adopté mi forma de lobo, un majestuoso lobo blanco, y me aposté enfrente del gran roble. Sabía que pasarían horas, esperaría pacientemente. Había acudido solo, como debía ser. Debía aparecer ese mago y cumplir su promesa.