El caballo blanco se detuvo frente a la casa del hermético. Había cabalgado lo más rápido que había podido y agradecía que su corcel fuera resistente a las largas jornadas; permanecer mucho tiempo de París en este momento no era una opción y representaba muchos peligros.
Junto a ella, Löw, fiel, que había viajado silenciosamente, miró en derredor, y descendió del caballo. Parecían ambas mujeres simples campesinas, y la hora en la que habían arribado las protegían contra los fantasmas de la noche y de tener demasiados ojos curiosos sobre ellas.
Isolda se adelantó a la puerta y dio tres toques.
Al poco, la puerta de madera hizo un sonido particular al abrirse, y un hombre bonachón, gordo, entrado en los treinta y sin cabello en la parte delantera de la cabeza, salió a recibirla. Se le abrieron al mago gordo los ojos de par en par al reconocer a quien se encontraba ahora frente a su humilde negocio, sonriendo con esa sonrisa que sólo quienes han trascendido las preocupaciones humanas pueden regalar a quienes saben recibir los regalos.
Se inclinó en una profunda reverencia y habló antes que Isolda lo hiciera.
-Me hace un gran honor, Magister Mundi Isolda Christine Terrein Lamartine, bani Bonisagus, Princesa de la Luna de Fuego, Guardiana del Innombrable, Portadora de la Cruz de Hielo, Jinete de la Tormenta, Ama de Mundos, al visitarme en mi humilde hogar.
Isolda se inclinó a su vez, aunque su reverencia no fue en ningún caso tan marcada. En su vos y en su mirada, sin embargo, se notaba un profundo respeto a quien la había recibido de ese modo.
-A mí me hace un gran honor, usted, Adeptus Iniciatus Phillipe Nander Estamps bani Verditius, Forjador de Metales Efímeros, al recibirme en su hogar.
El mago clavo, profundamente conmovido, se incorporó y sin hacer esperar más hizo entrar a las dos mujeres a su lugar de trabajo.
Mandó a su mozo a llevar los caballos al establo, alimentarlos y limpiarles el sudor, y, sintiéndose un poco nervioso, invitó a ambas a sentarse alrededor de una sencilla mesa de roble. Al poco una mujer ya mayor puso frente a los tres una jarra con agua, que era lo que Isolda y Löw habían pedido tomar.
-Pero decidme –dijo el gordo después de haber tomado un sorbo de agua- en qué puedo serviros, a qué debo esta agradable visita, Magíster Mundi.
Isolda sonreía, mirando con gran interés la gran cantidad de instrumentos que llenaban las paredes de aquella habitación: creaciones en madera, en piedra, tallas y mecanismos de extraña naturaleza, que ella había conocido en el laboratorio de Geraud y de su maestro, pero con los que desde luego no estaba familiarizada; la manera en la que los Verditi se acercaban a la Mens Divina siempre le había parecido sumamente interesante.
La pregunta del Adeptus le puso el semblante un poco oscuro, aunque no demasiado.
-No es algo excesivamente importante –dijo, consciente de que podía ofender ese comentario a su interlocutor y de hecho buscándolo, con una voz tan delicada que podría haberle dicho que le iba a eliminar y él igual hubiera sonreído, como lo hizo- pero sé que usted es en sumo grado hábil, más incluso de lo que gusta reconocer, y lo que me ha traído necesita manos delicadas y sensibles, y un gran poder de interiorización. ¿Desea que prosiga, Adeptus?
El gordo asintió presuroso.
-Pues bien. Se trata de realizar copias exactas del exterior de siete libros.
Phillipe no era un experto trabajando los cueros, pero si una Magíster Mundi, la Regente de la Capilla de París en persona, se había dignado viajar hasta su humilde hogar a pedirle que le hiciera un trabajo, confiando en su capacidad, él no tenía más que volverse un experto.
Asintió, sin dudar. Lo haría.
-Pues bien. Estos son los siete libros.
Cerró los ojos, indicándole al Verditius que hiciera lo propio, y una tras otra, lentamente para no violentar la mente del hermético, Isolda transmitió las imágenes, las dimensiones, los caracteres, el tipo de cueros, el tipo de tintas, dejándolos impresos con tal fuerza en la mente de Phillipe que él antes olvidaría su nombre o que siquiera alguna vez existió.
Cuando terminó, abrió los ojos, pero el Magus los mantuvo cerrados aun un rato más, meditando los tiempos según las dificultades.
-Puede venir en un mes, Magíster Mundi Isolda, que con seguridad tendré su trabajo listo.
Una mirada esquiva apareció en sus ojos; Isolda sonrió, y sin dejarle decir nada puso una bolsilla de cuero sobre la mesa. El Adeptus abrió los ojos, e iba a decir algo, pero la Hechicera ya se encontraba de pie, y con un gesto de la mano le mandó guardar silencio.
-En un mes entonces volveré. Sea el tiempo benéfico con usted y su hogar, Adeptus Phillipe.
Hizo una reverencia y salió del taller del mago obeso.