View Full Version: Preparando un robo... ¿un robo? II

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Title: Preparando un robo... ¿un robo? II
Description: 15/11/1225


Isolda Lamartine - April 21, 2006 07:37 PM (GMT)
La Universidad. La Biblioteca de la Universidad. El ánima de Isolda suspiró.

Los colores eran grises, más cercanos al negro de lo que a ella le hubiera gustado. Las ventanas aparecían en la visión de este mundo con gruesas rejas metálicas, y la luz del sol se negaba a entrar en ese lugar. ¿Tan terrible era, o tan terrible lo imaginaban los que allí vivían o caminaban? ¿Tan oscuros secretos guardaba? Seguramente así era.

Las mesas donde los clérigos se sentaban de noche a la luz de las velas o candelabros a estudiar los antiguos pergaminos aparecían derruidas, cojas y a punto de caer al suelo gracias a las polillas, y así las paredes que sostenían aquel caudal de conocimiento, y los estantes donde se guardaban los pesados tomos. Seguramente en aquel lugar se ocultaba una biblioteca secreta, llena de los temidos tomos que la iglesia había ocultado a los ojos de la humanidad antes de que fuera tarde, y seguramente a ellos y lo que habían hecho para ocultarlos, se debía el talante general de aquel Palacio del Olvido.

Un sonido la alertó. Unos monjes, que desde aquel mundo de las ideas se veían borrosos, insignificantes, dejaban pasar sus mentes simples por un pasillo lateral, haciendo un gran alboroto mental. Ante el llamado, de varios textos, Ideas Preconcebidas dejaron sus descansos y acudieron pronto alrededor de las dos “figuras” monacales: Rabia, Celos, Frustración, Orgullo era lo que ellas, regocijadas, transmitían.

Isolda sonrió.

Isolda Lamartine - April 21, 2006 07:39 PM (GMT)
-A qué ha venido, jovencita. Hace tiempo no recibíamos visitas.

La Magíster Mundi se giró. Un anciano vetusto, con la piel curtida, tanto que parecían páginas de un viejo pergamino hallado en una tumba, sin un solo cabello sobre su cabeza y vestido de monje, la miraba con sus ojos hundidos en sus cuencas, tanto que sólo podía percibirse un agujero en ellos.

Isolda inclinó la cabeza. Había tratado suficiente con las Ideas como para no saber llevar esta conversación a feliz término, aunque sentía la fuerza que aferraba a aquella a ese lugar.

-He venido a mirar los libros.

El anciano dio dos pasos, lentos y cuidados, en dirección a la joven, y levantó la mano derecha para tocar su rostro. Isolda no puso oposición alguna, y dejó que las sabias manos, más poderosas que los ojos, miraran cuanto quisieran; por fin terminaron, y el anciano retrocedió los dos pasos que había dado.

-¿Por qué no viene como todo el mundo lo hace? No es usted una de nosotros.

-No, no lo soy. Y mis razones son mías, mi señor.

Hizo una inclinación, disculpándose por su tono. Un ulular de aquel espacio, onda causada por Isolda, onda que hizo retumbar los cimientos de aquella construcción mental, pusieron de manifiesto que podía darse el lujo de no responder si no quería, y que lo hacía por deferencia con el anciano. Él lo entendió: si ella quería podía enviarlo al olvido. No había sentido poder tal nunca en su vida “ideal”.

-Pues no tengo entonces más que hacer que guiarla, mi señora.

Así era como Isolda lo quería. Aceptó el gesto del anciano con una nueva y pequeña reverencia.


Isolda Lamartine - April 21, 2006 07:40 PM (GMT)

Llegaron al estante. Estaba hasta atrás, luego de pasadizos de estantes cubiertos de libros de grueso tamaño, aparentemente, obviamente escondidos por algún arquitecto de laberintos para perder a los menos afortunados, consciente de que lo que guardaba no podía leerse por todos los ojos, pero temeroso de esconderlos porque eso seguramente llamaría la atención de sus superiores.

El anciano se mostró solícito, y su conocimiento amplísimo en los secretos de aquella biblioteca eran sumamente útiles; tuvo que usar una mirada intimidante y recordatoria una ocasión más, pero ya era suficiente para que el anciano no volviera a intentar levantarse en su contra.

Eran en total siete libros. Escritos hacía no mucho tiempo, seguramente por magos de la maldita casa Tremere pretendiendo guiar a los mortales hacia los secretos mejor guardados de los Despertados, hacia sus refugios mágicos, sus talismanes escondidos o hacia sus métodos; en todo caso la sola revelación de su existencia más allá del mito y de la vulgar práctica de algunos alquimistas mortales que sabían no tenían más que búsquedas insensatas, en fin, era peligroso.

Los siete tomos.

Uno por uno, tomando directamente de lo que en ellos descansaba, miró la manera en que estaban escritas las letras de su título, el color del cuero que les cubría, el tratamiento que había recibido, su grosor exacto, el tipo de tintura usado, y uno por uno, recorriéndolos lentamente, fue memorizándolo todo.

Ella no conocía las artes necesarias para hacer las reproducciones y retrasar el escándalo de la pérdida, pero sabía quién podía ocuparse de eso; suficientemente hábil y solícito, y con una mente débil como para hacerle olvidar; y lo más importante, sin residencia ni familia en París.

Cuando por fin terminó se giró al anciano.

-Es improbable, venerable anciano, que alguien venga a preguntarle a usted.

Él asintió.

-Pero no puedo arriesgarme.

Puso la mano al frente; el anciano abrió los ojos, viendo su total desaparición volverse una evidencia.

Cuando los abrió se encontraba en la sala. ¿Qué era lo que iba a hacer? Lo recordó: molestar a uno de los jóvenes estudiantes implantándole ideas de rebeldía. Sí. Había olvidado todo cuanto había ocurrido, por fortuna para Isolda y los suyos.





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