Había cosas que no podía permitir; estas cosas develarían muchos de los secretos Despertados, mantenidos así por la protección de los mismos Demiurgos Humanos, que en caso de ser descubiertos, temidos o bucados, verían su final en las ansiosas horcas de los temerosos y cporruptos clérigos.
Tenía una posición privilegiada para efectuar tal robo, y bien podría hacerlo en distintas noches, incluso días, siendo suficientemente cuidadosa, pero era definitivo que tenía que hacerlo. Lo primero copiar exactamente los títulos, el peso de los textos, el color de sus páginas.
Se sentía un poco ridícula, pero era necesario. Esa convicción le daba las fuerzas que necesitaba.
Se sentó tranquilamente en su Sanctum. Un fuego verdoso alumbraba el hogar, y Chokmah, bostezando perrunamente en un rincón observaba, como siempre curioso y condescendiente, preocupado únicamente por su Ama y no envidiándole para nada su continua preocupación y deberes como Regente de Le Ictus. La Magíster Mundi había preparado todo para su viaje astral; siempre era una experiencia emocionante en sumo grado, llena de posibilidades de aprendizaje y muy propicia para las continuas búsquedas que ella iniciaba en el interminable camino de la Iluminación.
Un círculo la protegía; trazado con esmero sobre el suelo de piedra del Sanctum, fabricado con un zumo de hojas de sauce secas, pétalos de Narciso amarillos y lágrimas de Salamandra. Aquella mezcla no sólo le permitiría realizar el viaje sin mayores problemas, sino que además le brindaría protección contra las obvias malas ideas que habitaban en aquel mundo mágico.
Se recostó sobre el suelo. Una sabana tejida con hilos de plata impedía que el frío de la piedra abatiera el cuerpo frágil de la Archimaga. Cerró los ojos. Las músicas de una Lira de Orfeo hábilmente interpretada en los confines de su mente, el pasaje de un texto hermoso escrito en el Asclepios hermético, y el poder que corría por sus manos y su esencia, la catapultaron al lugar al que quería ir.
Aquellos viajes siempre le habían emocionado: una dulce fragancia producida por los narcisos, la suave quietud de su ambiente, del ambiente que rodeaba su cuerpo; el dejarse ir, como a la nada, como un desmayo, perder los hilos con el mundo cognoscible por los sentidos, siempre traicioneros pero puros y elevados, comenzar a caer en un sueño, arruyada por las musicas celestiales producidas por las liras órficas; y luego un vértigo revoltoso, caerse en un torbellino de Siete Niveles, sin término, sin Lentitud alguna, Velocidad en la más límpida de sus expresiones, como fue entendida en un principio, Imágenes agolpándose en su mente y en su cuerpo ahora mente, asaltándola desde todas direcciones con pérdidas hijas de nadie llenas de formas potenciales pero vacías al fin y al cabo, un dolor terrible tan terrible como voluptuoso, como el placer; y finalmente, y de nuevo, quietud.
Abrir los ojos la dejaría ahora en un lugar diferente, más mágico, más real, lista para cumplir sus objetivos.
FDI: Sigue en la Sorbona.