Tras su "pequeño" incidente en la Concergierie, Adalbert se había informado lo mejor posible de las reglas para no exponer innecesariamente su no-vida en París. Sabía que tarde o temprano llegaría a los oidos de su señor aquel feo asunto de la daga, pero, ¿quién podía entender a los francos? ¿a quién se le ocurriría que alguien con una daga fuese a atentar contra un anciano vampiro?. No tenía miedo al castigo físico, de hecho, lo merecía.
Había un edificio del que le habían hablado, la "Posada del Cuerno Rojo", uno de los Eliseos de la ciudad, sólo le habían recomendado una cosa, no sentarse en la mesa del fondo.
El Tremere estuvo examinando el exterior del edificio de piedra durante, aproximadamente, un minuto.
Repasó su atuendo, llevaba en su cinto una espada enfundada y en su bota la daga que siempre llevaba consigo. Su protección era una ligera cota de mallas disimulada con ropajes de tela oscura que cubrían la mayor parte de la misma. Fue entonces cuando decidió entrar en el Eliseo, no había mejor manera de aprender las costumbres de los francos que mezclarse entre ellos.
Adalbert era un joven rubio de buen porte, su rostro tenía ciertos rasgos semitas, cualquiera del pueblo llano le tomaría como un teutón más. Una vez dentro del edificio se dirigió hacia la barra y pidió una cerveza, tenía la capacidad de poder alimentarse tal y como lo hacían los humanos, de manera que no sospecharan de él, esta capacidad le había valido en innumerables ocasiones para desviar la atención de los enemigos.