Acababa de caer la noche, Ceoris despertaba, aquella orgullosa fortaleza que ofendía a los autoproclamados "Señores de los Cárpatos" despertaba otra noche más, los experimentos se reanudaban, las gárgolas volvían a patrullar y Adalbert despertaba en su cuarto.
Otra pesadilla, la agonía de su hermano Mathias a las manos de aquel conde polaco, Vladimir. Aún le costaba creer que le hubiese podido vencer, su nueva familia, la Tremere, le había proporcionado formación marcial y el don de la inmortalidad, les estaba eternamente agradecido, había podido vengarse de aquel horrendo Tzimisce. Sin embargo, las pesadillas no cesaban.
Tras lavar su cara y enfundarse en la cota de mallas Adalbert miró hacia el escritorio de su habitación , había una nota, Celestyn, aquel que le había acogido en Ceoris le enviaba una misiva.
Estimado Aprendiz:
Debes reunirte esta noche con la Señora Malgorzata, creemos imprescindible que cedas a su petición de desplazarte hacia Francia. A partir de hoy, tendrás que ponerte al servicio de Goratrix, sabemos que sabras decidir bien, eres justo y fiel a nuestro clan.
Un saludo
Celestyn, Maestro de la Biblioteca de Ceoris
Malgorzata no era alguien del agrado de Adalbert, los seguidores de Goratrix destacaban por su carencia de escrúpulos para alcanzar sus objetivos, y la discípulo directa del viejo mago no era una excepción.
Adalbert se colocó el broche identificativo como defensor de Ceoris y se armó, como de costumbre, estaban en guerra, no podía olvidarlo. Bajó las escaleras de piedra que conducían a los pasillos centrales y, como siempre, se desplazó en silencio por ellos.
Observaba el trasiego de algunos magos, pocos de ellos eran mortales, la mayoría hermanos de sangre, hermanos de clan. No entendía mucho de política, tampoco le gustaba, pero era de conocimiento de todos los vampiros Tremere que Etrius y Malgorzata tenían diversos planes para los magos humanos que residían en Ceoris. Al teutón prefería tener a humanos por el día, estos protegerían las murallas. De todas formas, él sólo era un neonato, se debía completamente al Consejo de los Siete, ellos mandaban y el obedecía.
Salió al exterior para dirigirse al santuario de la discípula de Goratrix. Otra noche con niebla, la luna brillaba por su ausencia, en cierto modo ansiaba volver a Pest, o a Magdeburgo, Transilvania era inhóspita y demasiado árida para él.
Tras diez minutos a pie, llegó al refugio de Malgorzata, era conocido como una de los diablos de Ceoris, su hogar hablaba por sí mismo. Sentada en una lúgubre mesa frente a un libro esperaba la bella húngara, vestida con una túnica púrpura, fría y agresiva, pero a la vez tan bella.
- Buena noche tengáis Magnus Malgorzata, el Maestro Celestyn me comunicó que queríais verme.
Ella salió de su trance momentáneo
- Buena noche, Adalbert. En efecto, te he mandado llamar. Toma asiento
Siempre trataba con superioridad a sus invitados, era una auténtica adicta al poder que parecía siempre estar urdiendo un plan maestro para subir en la complicada red de poder Tremere.
Una vez sentado empezó el monólogo de la Tremere
- Has servido bien en Ceoris, lograste además eliminar a un enemigo particularmente molesto en Polonia. Creo que estás preparado para dar un salto cualitativo. Pocos son los Tremere que toman las armas y son muchas las nubes que se ciernen sobre nosotros. Marcharás a París para servir al Primus Goratrix, el Consejo así lo ha decidido. Allí seguirás tu formación y colaboraras a la consolidación de los nuestros en la Galia de César.
La Tremere ordenaba y, de hecho, ni siquiera miraba a Adalbert, le consideraba alguien menor, un neonato. Había mostrado su valía, pero aún le faltaba más. La cercanía a Celestyn del sire del joven, cuya identidad le era desconocida al teutón, le desagradaba. Pero, aun no se había situado a un lado o al otro de la partida… quedaba tiempo para moldearlo.