View Full Version: La cacería, o de cómo se matan Arpads

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Title: La cacería, o de cómo se matan Arpads
Description: 11/11/1211 Flashback


Mikael Bratovich - April 4, 2006 01:57 PM (GMT)


Eran treinta hombres; no más y no menos; todos ellos tenían bajo su coraza la firme convicción de que era preferible morir luchando por su Señor a quedarse en casas esperando recibir el incendio. Veinte nueve de ellos, bravos bárbaros de grandes tallas y cabellos revueltos, con ensangrentadas espadas en antiguas batallas y miradas ávidas de cadáveres enemigos frente a su campo de batalla servían al joven y aún inexperto Príncipe Mikael, que era su Señor. Él no servía a un hombre sino a un Dios.

Nadie dudaba de su líder; todos, sin excepción, habían sido educados bajo una férrea disciplina de lealtad y servicio que acababa con las opciones de duda, aunque a pesar de eso, cuando era necesario, lo más veteranos y experimentados, los que más conocían ese antiguo bosque, aconsejaban al joven Príncipe según lo que ellos consideraban la mejor manera de actuar.

La sangre del joven era especial. La historia de su nacimiento era conocida por todos, y en venerado respeto todos inclinaban la cabeza cuando veían pasar su gigantesca figura y su fría mirada; él, el único que había nacido aquel día de luna ensangrentada, tenía su destino marcado por las interminables batallas, aunque su verdadero sino era más oscuro y más terrible y los que lo conocían nada mencionaban al joven, que amaba su tierra más que cualquier otro que la hubiera gobernado.

Tenían que cazar una manada de animales hambrientos de carne eslava, seguidores de impuros dioses occidentales y ladrones, cuando ellos les habían abierto las puertas de sus monasterios rocosos y les habían recibido en sus tierras. No. Esos animales habían incendiado, invadido, tomado caminos y amenazado la supremacía eslava en tierras eslavas. Y sus líderes, poderosos guerreros, pertenecían a la familia de los Arpad, nobles con desconocida ascendencia en aquellas montañas.

El campamento se dibujaba a lo lejos. Los exploradores habían sido asesinados silenciosamente, uno tras otro, antes de que pudieran dar la voz de alarma. Los animales se había atrincherado en una pequeña aldea satélite de Bistria, demasiado cerca, y en sus alrededores. Consumían sus alimentos y se acostaban con sus mujeres, y en una orgía iniciática, ponían a las blancas eslavas a bailar alrededor de gigantescas llamaradas. En su sangre corría el licor, que sería lo que les llevaría a la muerte.

Les superaban en número cinco a uno, pero eso no era problema; cada uno de los hombres que Mikael había elegido llevaban junto a su nombre el Bratovich, y todos eran poderosos y diestros.

Comenzaron a avanzar. El plan trazado había sido rápidamente elaborado, bajo el conocimiento que todos tenían de aquella aldea y de sus alrededores: atacar y retroceder para luego atacar de nuevo. Simple, riesgoso pero efectivo.

Separados en grupos de a cinco guerreros, comenzaron a entrar en las cabañas más alejadas del centro de la aldea, matando a los animales que dormían o que fornicaban, sin contemplaciones, acercándose lentamente al lugar donde el Comandante Arpad, extrañamente alejado del fuego, observaba con ojos complacidos cómo sus hombres liberaban las tensiones y se divertían.

Y luego, sin más, los treinta eslavos entraron en el círculo de fuego. Fue una batalla sangrienta, a pesar del estado de los animales, pues eran numerosos y estaban bien entrenados. Avanzando lentamente a través de la marea de hombres, Mikael Bratovich y Gruik Bratovich, su maestro en el uso de la espada, comenzaron a acercarse al Comandante Arpad, que con una sonrisa en su rostro había ya terminado con cinco bravos guerreros eslavos casi sin hacer esfuerzo.

Su manejo de la espada pesada era fenomenal; tenía una fuerza que tal vez ninguno de los eslavos pudiera igualar, y su sonrisa intimidante hacía que toda su figura irradiara un aura de poderío que lo hacía ver intocable más propia de los dioses que de los hombres; pero ni Mikael ni su maestro estaban dispuestos a dejarse vencer por un solo hombre.

El gigante y anciano Bratovich fue el primero en llegar; golpeó con violencia, pero su golpe fue detenido con relativa sencillez por el Arpad, que con un rápido movimiento lanzó un contragolpe antes de que Gruik pudiera hacer nada por evitarlo; pero Mikael sí que podía hacerlo, e interponiendo su acero al del Comandante, impidió que su maestro muriera de un solo golpe.

Ambos eslavos, con fuerza, hicieron dar un paso atrás al Comandante, y con ininterrumpidos golpes ambos le cortaron el ataque; la ferocidad de los guerreros bárbaros era verdaderamente increíble, pero parecía no hacer mella alguna en el Arpad, que con paciencia, resistía los embates y se esperaba el momento de atacar. Y el momento llegó.

En un instante, pequeño que casi nadie lo hubiera notado, Gruik se distrajo, bajando un poco la mirada. No volvió a ver nunca nada más.

El Príncipe había nacido siendo un guerrero; algunos, los más desconfiados, dirían que ese día vivió y venció al Comandante Ventrue por la protección de los hados; otros, que su nacimiento le había marcado como invencible; pocos vieron exactamente los movimientos del Príncipe y los del Comandante, pero los que lo hicieron recuerdan aquella batalla como la más imposible y más hermosa, la más brutal que hayan visto ojos humanos como los suyos.

Si fue larga o corta nadie podría asegurarlo, porque el tiempo dejó su inmutabilidad para observar aquel choque de voluntades. Al final, herido el Príncipe mortalmente, bañado en un pesado sudor y en sangre, apoyada la espada contra el suelo, vio caer el cuerpo de su formidable enemigo al suelo, sin cabeza: la única herida que había logrado propinarle en toda la batalla, y la que le privaría de la vida.

Esa es la historia de la empuñadura de la espada del eslavo




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