Media tarde en el campamento de refugiados...
- ¡Por el amor de Dios, Jaroslaw! ¡Estas gentes viven como ratas!- Susurró con el rostro desencajado Iwersen de Bohemia a su capitán cuando atravesaron el bosque arracimado de chozas y refugios construidos con los más variados e improvisados elementos. Los refugiados emergían de sus cubiles con los rostros hundidos y los labios desgajados, arrojándose ante los jinetes, abrazándose a sus pies y suplicando con gargantas marchitas la piedad que París les negaba...
- Son los hijos de Constantinopla...- Replicó con voz tenue el capitán alemán -La cristiandad les arrojó de sus hogares y ahora se carcajea de ellos privándoles de su propia identidad. No se les permite penetrar en la ciudad y muchos perecieron tratando de llegar hasta aquí. Para Dios, sus almas deben valer tanto como sus harapos, a tenor del trato que les profesa- Jaroslaw apartó con toda la delicadeza posible a una mujer que se aferraba a las crines de su caballo como si de su hijo se tratara, y lloraba desconsolada por un simple mendrugo de pan. Al germano se le encogió el corazón, pero un gesto de caridad con uno de ellos equivaldría a una avalancha humana que los anegaría si el resto de refugiados se percataban de ello...
Seis eran los soldados que cabalgaban entre la maraña de manos y súplicas que los rodeaban. Todos ellos trataban de mantenerse al margen, de obviar sus sentimientos para con toda aquella gente que sufría las penalidades de un cruento destino, acostumbrados como estaban a la guerra y las fatídicas consecuencias que arrastraba a su paso, aquel panorama desgarrador aun hundía en ellos las gélidas cuchillas de la pesadumbre...
Tras atravesar a duras penas la marea humana que en algunos momentos amenazó con derribar a alguno de los jinetes y obligar a los teutones a desenfundar sus armas, llegaron a un claro donde varios niños jugaban en torno a un pequeño fuego sobre el que crujía la correosa carne de unas pocas ratas. Varias cabañas, igualmente de lamentable estado pero al menos de mayor estabilidad que otras chabolas, conformaban un círculo en cuyas entradas, varias mujeres machaban raices y cocinaban tortas con harina (posiblemente robada o deshechada por los molinos cercanos). Cuando los teutones descabalgaron, éstas se introdujeron al unísono en sus hogares con gesto espantado, excepto una de avanzada edad y cabellos que comenzaban a mostrar las visicitudes de la edad, que con arrogante mirada avanzó hasta situarse frente a Jaroslaw.
- ¿Qué desean los soldados del emperador en este despojo del Señor que es nuestro campamento...?- Inquirió duramente la frágil figura. A pesar de los huesos que sobresalían a través de la piel, su semblante mostraba una fortaleza y determinación que turbaron al jóven soldado.
- Pertenecemos a la Orden Teutónica. Se nos ha informado que es aquí donde podemos encontrar a quien manda en este campamento. ¿Hareis el favor de dar noticia de nuestra llegada?- Respondió con frialdad Jaroslaw, poco habituado a tratar con mujeres en temas de la Orden, y mucho menos dar explicaciones...
- Aun no me habeis respondido a la cuestión...¿Qué busca el Imperio en este, nuestro hogar?- Desafió la mujer al teutón, quien estuvo tentado de abofetear a la insolente que osaba retarle. Más contuvo su mano y aunque su pecho se llenó de aire conteniendo su indignación, optó por mostrarse complaciente y no tomar represalias...por el momento...
- Constantinopla era el hogar de mercaderes y conciudadanos alemanes que todo lo perdieron durante el infame saqueo cruzado. Muchos regresaron con suerte dispar a territorio alemán, pero otros, acuciados por la necesidad, arrivaron frente a estas murallas sin nada más que sus almas y sus bocas hambrientas. Es a ellos a quien buscamos...Y ahora, hacedme el favor de avisar a vuestro jefe...- Sus últimas palabras rezumaban ira contenida y la mujer se percató de que si volvía a disgustar al teutón las consecuencias serían cuanto menos...dolorosas