View Full Version: La llegada.

Edad Oscura Paris > El Campamento de Refugiados > La llegada.



Title: La llegada.
Description: 27-09-1225. Privado.


Thaddeus - March 31, 2006 09:31 PM (GMT)
El austero carruaje, de madera hinchada por la humedad, y ruedas desgastadas por el tránsito incansable sobre las adoquinadas calzadas, se balanceaba con una tensa lentitud, avanzando ruidosamente por el camino precariamente marcado por sucias y demacradas indicaciones, o alguna que otra señal en la vereda.

La lluvia, fina y plateada, caía fluida pero dosificadamente, haciendo de las telas y vestiduras de los viajeros tejidos rígidos y pesados. El halo pálido que circunvalaba a la luna se estremeció, encrespándose súbitamente en espasmos y destellos que parecían darle la bienvenida al carromato.

- Nous sommes arrivés. - dijo el cochero, cómodamente sentado en el pescante, mientras tiraba con decisión de las bridas de los corceles que les transportaban. Entre la niebla se dibujaron los maderos desordenados, débilmente estacados en la tierra mojada, y resquebrajándose cada vez más cuando un jirón de viento les alcanzaba e incidía ligeramente sobre ellos. - Bienvenue à camper des réfugiés - concluyó el tipo con una sonrisa, obviamente era un comentario tan impropio como irónico.

- Merci pour le voyage - una voz ronca y varonil salió del oscuro interior de una capucha, desde la que asomaban ensortijados cabellos, que arrojaban constantes andanadas de agua a cada movimiento. El hombre puso en manos del conductor un par de monedas desiguales y doradas.

Comenzó a caminar parsimoniosamente - no era demasiado adverso a las inclemencias del tiempo - hacia el conglomerado de chabolas, observando impertérrito a la ingente cantidad de desharrapados, tirados sobre las aceras y el lodo, cubiertos con trapos y mantas remendadas, mientras murmuraban o se lamentaban en diferentes idiomas. Y las palabras del cochero resonaron una vez más en su mente, como el agudo y chirriante tañido de una campana...

"Bienvenue à camper des réfugiés, bienvenue à camper des réfugiés..."

Thaddeus - March 31, 2006 10:07 PM (GMT)
Sus pasos apenas se escuchaban, pues su sonido quedaba rápidamente amortiguado por el fango, o por el constante repiqueteo de la lluvia. La gruesa tela gris de su capucha se deslizó sobre sus cabellos, cayendo sobre su espalda, y su mirada recorría intensamente cada una de las construcciones, en busca de la más indicada. Había decidido, que cuanto más alejada del núcleo, mejor...

- ¿Hay alguien? - murmuró Thaddeus, mientras sus nudillos golpeaban debilmente la puerta de madera descascarada de una de las chabolas, a pesar de poder haberla derribado de un simple golpe.

- ¿Quien llama? - una voz gutural, más ronca incluso que la primera voz que se escuchó, dió aquel par de palabras como respuesta. Posiblemente fuera una fémina, de avanzada edad, por los matices ásperos de su voz.

- Alguien con una oferta irrechazable, mi señora. Si teneis a bien abrir esta puerta, os lo explicaré con gusto. - dijo embaucadoramente el varón.

La puerta chirrió al deslizarse sobre unos goznes hastiados y oxidados de mil y un usos, demasiado habían resistido sin ceder a la inercia de un centenar de incidentes. El rostro huesudo y arrugado de una mujer, encorvada y cubierta por un chal sucio y agujereado, salió tímidamente al umbral.

- ¿Y bien? - objetó seriamente la concienzuda anciana.

- Oh, no considero que vuesa merced se merezca el apelativo de mal educada, pero no es cortés en demasía el obligarme a exponeros el motivo de mi visita, aquí, en los exteriores de vuestro avieso hogar, cuando la recia lluvia cae sobre mi cabeza, y me humedece el pensamiento... - dijo quizá algo sonriente el charlatán, tenía que seducirla.

- Oh, está bien... - dijo la anciana, apartándose del umbral para seguidamente cerrar la puerta. No parecía gustarle los juegos.

- ¡Está bien, está bien! - gritó Thaddeus interponiendo el pie en la trayectoria de la puerta al cerrarse, para así interrumpir el movimiento. - Quizá pueda convencerte de otro modo... - dijo, y rebuscando en los interiores de un desgastado zurrón de cuero, sacó un par de monedas, similares a las que usara en pago por el trayecto en carromato, hace unos instantes. La mirada de la anciana brilló tanto casi como las monedas, a la luz de la luna.

- ¿Qué es lo que quieres? - murmuró la anciana, complacida ante la visión de unas monedas que ella pocas veces había tenido la ocasión de contemplar.

- Compartir esta lúgubre "mansión", indigna de albergar un solo inquilino, con vos, si vuesa merced tiene a bien mi compañía, y la de terceros...- dijo, haciendo entrechocar las monedas en su mano, mano que, por cierto, la anciana no dejaba de perseguir con la mirada.

- ¿Por cuánto tiempo piensas quedarte? - resopló la mujer, cansada de los juegos verbales del hombre de piel tostada.

- Indefinidamente... - susurró el embaucador con una sibilina sonrisa de teatralidad - Pero si me aceptais entre los "cuatro" muros de los que hace gala vuestro hogar, os vereis doblemente recompensada...

La mujer enarboló sus níveas cejas y emitió un incrédulo: "¿Ah, sí?"

- Sí. - dijo Thaddeus con un rotundo asentimiento, la función estaba acabando, ya la tenía comiendo de la palma de su mano - Para empezar, mi presencia y compañía siempre es grata, y os proporcionaré dicha, divertimento y protección sin fin, además de unas cómodas mensualidades - el hipnotizante sonido del dinero acudió nuevamente a la escena - ¿Qué me dices?

La mujer por toda respuesta, se apartó de la puerta, dejando al extraño pasar.

Touché.

Thaddeus - March 31, 2006 11:31 PM (GMT)
- Sabia elección - musitó el Ravnos adelantándose para observar el estado de la casa. Había algunas goteras en el techo, y los listones de nudosa madera dejaban amplios huecos en la pared, por los que se colaba un desagradable y gélido viento.

- No es gran cosa pero...¿qué esperabas? Este no es un lugar muy apropiado para grandes mansiones... - se disculpó la anciana, limpiándose las manos en un delantal que hasta ahora había pasado desapercibido.

- Tranquila, me conformo con que hagamos algo de..."reforma". - dijo tranquilamente Thaddeus, levantando la mirada mirando los imperfectos.

- ¿Reforma? ¡Ja! Estoy yo, para reformas... - balbuceó la mujer, aproximándose hacia una tetera de porcelana mate y falsa. Súbitamente, una idea se encendió como una chispa en la mente de la pobre anciana - ¿No querrás...aprovecharte de mí, no? - tragó saliva con inquietud.

Thaddeus no pudo reprimir unas sonoras carcajadas.

- Tranquila, madame, no ocurrirá nada entre vos y yo. - "Por el bien de mi cordura y mi falo", añadió el Ravnos mentalmente.

- No lo dudo. Mi nombre es Françoise. - dijo la encorvada mujer y llenando una taza con el contenido de la tetera, apenas albergaba líquido.

- ¿Vive sola, Françoise? - preguntó el Ravnos condescendientemente.

- Vine de la ciudad dorada, allí se quedó mi esposo, bueno, su cadáver... -dijo mientras sorbía escandalosamente el té contenido por su taza de madera. - ¿Y tú, de donde procedes, de esa guisa? - dijo mientras escrutaba de arriba abajo a Thaddeus, aún chorreaban sus vestiduras y su cabello.

- Del Viejo Mundo, Françoise. Puede llamarme Thaddeus - le ofreció el varón, cruzándose de brazos y torciendo torvamente los labios.

- Lo haré, Thaddeus. Por cierto, ¿qué hay de esas monedas que me prometiste? - inquirió la anciana, con retorcida malicia.

- Aquí las dejo - Dijo Thaddeus con relativa bondad depositándolas en la mesa.

- Empezamos a entendernos, Thad. - dijo Francçoise, con una pueril sonrisa.

Thaddeus - April 1, 2006 09:56 PM (GMT)
- Si vos lo decís... - dijo el Ravnos con desgana.

La mujer bebió por última vez del cuenco de madera de poca calidad que sostenía con ambas manos, pronto se acabó el té agrio con el que calmar la sed, entre otras tantas cosas que integraban la eterna carestía que debía sufrir cada día.

- Se terminó - dijo la mujer con resignación, dejando el cuenco sobre la encimera, quizá algo compungida por el hecho de no tener nada que ofrecerle.

- Yo podría propinarle algo con lo que volver a llenarla. - dijo Thaddeus con aparente tranquilidad, había comenzado a hilvanar un nuevo juego.

- ¿No me digas? Verás, el que mis galenos no me aconsejan beber agua de lluvia... - dijo con suspicacia Françoise.

- Dame el recipiente - ordenó Thaddeus muy ceremoniosamente.

La mujer se lo facilitó, entre sonrisas de escepticismo e incredulidad. El charlatán se remangó y acercó su muñeca a sus labios, por un momento escrutó las venas, ennegrecidas y prominentes que palpitaban bajo su carne de una herencia y legado tan ricos en variedad. La sangre brotó violentamente de su piel sajada por unos incisivos punzantes y afilados. La cascada de un inusual tono oscuro colmó la madera del cuenco, y la mirada de la anciana se inundó de miedo.

- Bebe. - ordenó, en esta ocasión parecía mucho más amenazador.

- ¿Te has vuelto loco? ¿Cómo voy a beber de...? - para cuando ella intentó concluir su reproche, el Ravnos mojó su mano en su propia sangre y escupió sobre ella, observando la cálida mezcla de ambos fluidos.

- Beberás - sentenció Thaddeus y su mano viajó violentamente hacia la boca de la mujer, golpeándola secamente mientras sus dedos se introducían en su boca, cerciorándose de que parte de la sangre quedaba allí.

- Acaba - finalizó, haciéndole entrega del recipiente. Los siguientes segundos el charlatán se deleitó observando como la aviesa mujer bebía ansiosamente el resto de la sangre que quedaba en el cuenco.

- Ahora sí. Pongámonos a trabajar... - dijo, retornando a su inherente simpatía.

Thaddeus - April 2, 2006 11:01 AM (GMT)
El Charlatán se afanó por tapar con tablones y maderos las perforaciones de la pared, Françoise le observó impertérrita todo el tiempo sin dignarse a ayudarle, después de todo, ¿quien tenía más interés en que ni una pizca de los brazos flamígeros del astro rey se colaran en el interior de la casa?

Al acabar se giró, Françoise se sorprendió al no ver apenas una gota perlada de sudor recorriendo su rostro, ni el jadeo inconstante propio del cansancio.

- ¿Viene mucha gente a visitaros, Françoise? - preguntó suavemente el Ravnos, en realidad no le interesaba. O sí. Pero en cierto sentido, estaba tanteando la seguridad de la que dispondría dentro de aquellas cuatro paredes.

- No, apenas. ¿Quien va a venir a visitar una vieja? Tan solo la soldadesca, y muy de cuando en cuando, en las ocasiones en las que surgen los focos infecciosos, y buscan el embrión de la afección que aniquila sus reses, y contamina su agua. - dijo la mujer, casi parecía dolida.

- Entiendo. ¿Solo hay una habitación en esta casa? - musitó Thaddeus repasando con la mirada los muros del lugar.

- Sí - afirmo rotundamente Françoise.

- ¿Y aquella sala de allí? - dijo el Bashirita mientras señalaba una puerta de madera al fondo de la estancia, casi oculta por la oscuridad rota.

- Es una pequeña despensa, nadie en su sano juicio descansaría allí dentro, monsieur. - objetó la anciana, tratando de convencerle.

- Veamosla. - ofreció Thaddeus, y sin más preámbulos avanzó hacia aquella misteriosa puerta y la abrió. Una pestilente vaharada de descomposición y alguna que otra cucaracha salieron del interior.

- Yo avisé. - dijo Françoise, desentendiéndose del asunto.

En el suelo de aquella destartalada despensa, había un arcón de madera pulida. Sin ostentosos detalles recargados, simplemente la madera nudosa y curvada. Lo miró de parte a parte, en principio parecía estar observando su forma, pero en realidad, lo que realmente hacía con el baúl, era medirlo...

- Lo traje en mi viaje. Gracias a él traje lo poco que ves. - explicó la anciana, al ver el creciente interés del Ravnos por el ordinario arcón.

- Es perfecto... - susurró el Ravnos para sí mismo.

- Bonito, habla más alto...Los oídos de esta pobre vieja no están para empeñarlos en escuchar tus balbuceos. - dijo con rencor la anciana.

- Nada, Françoise, son cosas mías.



Thaddeus - April 2, 2006 04:36 PM (GMT)
- Bien, Françoise - dijo mientras se sacudía la túnica, ya casi seca - Tengo instrucciones para tí. Vas a escucharlas - sentención el charlatán.

- No sé por qué, pero lo sospechaba. -dijo la anciana mientras se cruzaba de brazos, parecía incapaz de oponerse a escucharlas - ¿Y bien?

- He oído hablar del mercado de San Jaques, no muy lejos de aquí. Me gustaría que al amanecer fueras hasta allí y te hicieras con buenas telas. Nada de baratijas, sedas, tejidos de lino. Imaginad como vestiría un noble y simplemente...poneos en el lugar de su costurera.

- ¿Y para qué quieres tú telas de buena factura? - preguntó la mujer con desgana, no era demasiado asidua en San Jaques, pero no podía resistirse a aquella petición.

- Eso no importa. Simplemente, hazlo - ordenó suavemente el hombre.

- ¿Y con qué dinero? - preguntó con suspicacia Françoise.

- Con este dinero, Françoise, calmaos, está todo bien planificado, no os adelanteis. - inquirió cansinamente el varón mientras su mano se perdió bajo su túnica, en busca de alguna de las talegas de cuero con el dinero acordado.

- ¿Solo será eso? - preguntó sofocadamente la mujer.

No. - terció con rapidez el Bashirita - Cuando hayais conseguido las telas vendreis aquí e hilvanareis el mejor traje que hayais podido coser nunca, imaginad nuevamente que un noble os lo ha encargado. Recibireis una buena suma por ello, Françoise, os lo prometo. ¿Teneis los enseres necesarios para la tarea?

- Aún los guardo, sí. - espetó ella, muy atenta a las indicaciones.- ¿Eso es todo?

No, hay más - el Ravnos miró con impaciencia por la ventana, había cesado de llover, y un extraño brillo se perfilaba en el horizonte - Dormiré aquí, en la despensa. Nadie ha de saberlo, nadie ha de saber de mi presencia, no le hablarás a nadie acerca de quien soy, no revelarás mi nombre, de esa puerta - señaló mientras explicaba - para afuera, yo no existo.

- Entiendo - susurró la anciana, acatando la orden con sumisión.

- Cuando vuelvas de San Jaques, no saldrás hasta mi regreso, que se producirá al anochecer, momento en el que has de tener lista la indumentaria. ¿Lo entiendes?

- Pero... - intentó intervenir la mujer.

- Si has errado en tu intento, si pugnas por ver qué es lo que se esconde detrás de esa puerta, si sales de estas cuatro paredes tras volver de San Jaques, si le hablas a alguien de este encuentro... - murmuró dulcemente el Ravnos.

- ...te mato. - dijo con toda la naturalidad del mundo.

Y dicho esto, se giró internándose en la pestilente alacena, atrancando la puerta desde dentro y cubriendo las rendijas con mantos y sucios trapos. Se acomodó en el interior del espacioso arcón y se quedó unos segundos así, intentando habituarse a la postura, para finalmente cerrar con fuerza el baúl. Bajo sus ropajes, extrajo un puñal, que agarró firmemente con la mano, e impuso sobre su pecho, preparándose para el diurno descanso.

Fuera, tan solo se escuchaba el amortiguado llanto de Françoise.




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