Era temprano en la noche. Su disfraz -un hombre de unos treinta años, asiduo visitante de la biblioteca, santo según decían algunos pero con una mente tan plana que a Isolda le daba verdadera lástima- se paseaba por los magistrales pasillos, oliendo el delicioso perfume del conocimiento.
Si bien era cierto que lo que en esos muros se guardaba no podía rivalizar con nada de lo que Isolda conocía, era válido hasta cierto punto el intento de los Durmientes por no permanecer demasiado ciegos ante el movimiento continuo -según Zenón ilusión vana- del mundo y de la mente, del progreso, pero más importante, de los árabes.
Así pues, deambulando, el monje entró en un aula en la cual daría una pequeña charla sobre geometría y perfección a algunos otros monjes que al parecer estaban interesados.
La charla empezó amenamente, pues el monje, conocedor de la historia de la geometría, hizo un recuento de las vidas de los geómetras que habían dado a Euclides la posibilidad de hacer su famosa recopilación.
Y entre anécdota y anécdota, el gran orador, que antes no había abierto nunca la boca más que para decir una o dos cosas, comenzó a darle a los jóvenes que habían asistido a aquella charla, elementos de gran valor histórico.
Cuando terminó, aún no había dicho nada. Pero aquel era sin duda un buen inicio. Enseñar a los monjes lo que habían decidido ignorar siglos atrás, y más aún, enseñarles a pesar de ellos mismos. La próxima charla sería sin duda más interesante.
Conversando, tranquilos y contentos, todos abandonaron la sala.