Title: De cacería
Description: 10/10/1225
Mikael Bratovich - March 18, 2006 10:52 PM (GMT)
Habían estado molestando en los caminos, según decían los asustados campesinos que trabajaban las tierras de su señor. Y París era tan aburmadoramente aburrido, que el eslavo, sin más que hacer, había pedido a su señor permiso para atender el mismo ese insignificante impase.
Así pues, con sus hombres igual de cansados de la vida en aquella detestable ciudad occidental, partieron esa noche en sus briosos corceles negros, esperando que al menos por una sola vez más la sangre de los cobardes manchara sus blancas pieles eslavas.
Mikael Bratovich - March 18, 2006 10:57 PM (GMT)
Uno de ellos, a su pesar, había permanecido lejos del lugar donde comenzarían a buscar los siete eslavos, y permanecería al cuidado de los caballos. Junto a él se quedaría otro hombre más, escondido, por si aquellos delincuentes de caminos eran verdaderamente buenos, cosa que todos esperaban.
El resto avanzaba tras el rastreador, Zmej Liuklar, con las espadas en el cinto para evitar que brillaran las hojas bajo la luz de la luna, y en tan impresionante silencio que cualquiera pudiera haber pensado que eran sombras de ángeles de la muerte y no hombres.
Pero el interior de todos era otra cosa.
En especial el interior del bravo Príncipe Guerrero. Allí adentro, donde la nieve de los cárpatos y el fuego de una pasión tan esencial como la del inicio mismo del mundo convergían en misterioso jugo de guerra y de lealtad, allí adentro el verdadero Mikael Bratovich aguardaba el momento de poder por fin aflorar a la superficie.
Sus hombres sabían lo que le pasaba, pues en bravas batallas ya le habían visto antes tomar partido; y querían apreciar aquel espectáculo de nuevo. Incluso Vacla Sören, su primo, quien siendo el mejor guerrero de aquella compañía, reconocía la supremacía en la batalla de su señor.
Mikael Bratovich - March 18, 2006 11:01 PM (GMT)
Por fin llegaron al lugar donde la trampa debía estar ya en funcionamiento.
Un carruaje prestado por su señor Vertzang, ocupado por un simple campesino y conducido por uno de los hombres del voivoda, se había detenido en medio de la oscuridad, por culpa de una rueda caida.
El cochero se ocupaba en intentar poner de nuevo la rueda en su sitio, mientras miraba nervioso hacia el cortinaje del coche, a sabiendas del regaño que recibiría. Era, claro, un buen actor.
En los arbustos, lejos de allí, los eslavos aguardaban.
Y fue cuestión de minutos.
Una algarabía se desató cerca al coche. El momento de derramar sangre de nuevo había llegado.
Mikael Bratovich - March 18, 2006 11:06 PM (GMT)
El resto debería ser más retratado por los escritores o los médicos en una morgue, si existieran; fue rápido, sin miramientos, sin condescendencias, sin preguntas. Una batalla silenciosa, en la que cada uno de los eslavos, con el ceño fruncido, sin lanzar gritos estúpidos y desconcentrantes, haciendo únicamente los movimientos precisos para eliminar al enemigo.
Ahí radicaba el poder de Mikael y de sus hombres: habían crecido luchando luchas de guerrillas, y bajo el férreo entrenamiento del eslavo, sus hombres habían adquirido su estilo: sin elegancias pero útil; y habían adquirido su personalidad: silenciosos como la muerte, pues batallar no es una mofa sino un honor.
En el interior del eslavo las cosas eran diferentes; era furioso, ígneo, explosivo, pero su impresionante voluntad guiaba la hoja letal que ahora tenía el mismo color que los ojos del gigante.
En un minuto no quedaba ni uno solo de esos ladronzuelos con vida.
El Príncipe miró a sus hombres, asintió satisfecho, y caminando con la cabeza en alto regresó al lugar donde las monturas les esperaban.