Viene de
aquí.
Isolda caminaba tranquilamente por los jardines de la capilla, con un cesto de mimbre rebosante de florecillas y piedrecillas, que por alguna razón tanto le apasionaban. Como un rayo llegó a ella un presentimiento, y no pudo contener un grito de alegría al ver a Grietra, el halcón del joven Tytalus, descender desde el cielo, en amplio círculo.
El ave se posó sobre una de las ramas del sauce llorón, e Isolda retiró de la pata del animal un papiro. Leyó con ávidos ojos, y sonrió satisfecha. Amarró una de las florecillas a la pata del ave y le indicó que partiera.
Mientras se retiraba a su Sanctum a paso ligero, el papel se incineraba para jamás poder ser leído por nadie más.