El frío acero de las botas de Hans Einsberg golpeaba con firmeza el marmol que el príncipe Harald había dispuesto en su villa fortificada. El teutón caminaba erguido y el eco de su paso resonaba cada vez que su bota tocaba la delicada solería.
Guiado por un leal lacayo esperó en la puerta a ser anunciado, diligente y orgulloso el germano estaba ansioso por conocer al príncipe de Reims, el afamado Harald y sus rudos métodos, pues se decía de él que tenía más sintonía con las bestias gangrel que con su propio linaje. Muchos rumores se cernían sobre aquel que conocería en breve y a quien debía tantear.
- Herr Hans Einsberg de Franckfur, embajador de la Cruz Negra.
Ya había sido anunciado, era su turno, suspiró profundamente antes de empujar la puerta con su diestra y cruzar el umbral para adentrarse en la presencia de Haralad con la diligencia militar que lo caracterizaba.
El despacho era amplio, con excelentes ventanales que mostraban las lluvias del exterior y que lo habían acompañado durante todo el viaje.
Varios estantes con pergaminos, un mosaico romano en el suelo y varios bustos romanos servían de atrezzo para complementar el elegante escritorio que había ante él.
Sin embargo cuando el siervo partió de la habitación, la faz de Hans sólo albergaba sentimientos contradictorios por la sorpresa que le susurraba una sencual voz femenina de un cuerpo también femenino presidiendo el despacho.
- Buenas noches, Herr Hans.
Sus ojos marinos penetraron a Hans en cuerpo y alma, desgarrándole con la mirada del mismísimo diablo. El cabello azabache ondeando libre y disperso a ambos lados de su blanquecino rostro, pulido como la misma losa que había bajo sus pies, mas aquella pícara sonrisa que esbozaban sus labios no pudo más que contrariar al caballero.
- Pero...-
Ella miró y remiró a Hans de arriba a abajo conservando su enigmática sonrisa y la mirada escrutadora.
- Harald se encuentra ocupado esta noche Herr Hans, permitidme pues ser vuestra anfitriona.
La aclaración en un perfecto germano no pudo más que descolocar completamente al teutón quien finalmente sio un paso al frente.
- Comprendo...
La decepción se hizo visible en el rostro de Hans.
- Soy Elois de Ventrue, senescal de Harald.
Añadió la doncella mientras extendía su gracil mano al caballero quedando éste algo más aliviado con el sonido de la palabra "senescal", raudo atendió al protocolo y tomó la mano de la dama, realizó una reverencia y esperó a que esta lo invitase a tomar asiento, cosa que apenas se demoró.
Una suave conversación a posteriori hizo ver a Hanz el talante de la muger que tenía ante sí, mostrando un potencial ilimitado en la intriga tanto como su sutileza y eso que sólo llevaba unos minutos en su presencia.
Cuando por fin estubo más cómodo el germano y por ende más dispuesto a tratar temas importantes con un mero Senescal, Elois mostró su bella sonrisa de ninfa y realizó su jugada a continuación.
- Herr Hans, de buen grado sé el verdadero motivo de vuestra visita.
El germano, recto y erguido quedose en completa tensión, sólo Harald y él sabían de que tenían que hablar aquella noche, llevabana varios meses carteándose hasta que concretaron aquella entevista y... luego... no aparece.
Fue así, como se dio cuenta el germano del engaño, las órbitas querían abandonar sus cuencas en los ojos, pues se había carteado con Elois y no con Harald en verdad... No tenía habla, estaba anonadado ante el asentimiento con la cabeza de la franca y su dulce pero mordaz sonrisa, como si ésta le hubiese leído el pensamiento.
- En efecto.
Rompió el silencio con su melosa voz.
- Harald nada sabe de esta reunión. Nada más recibir vuestra misiva ordenó quermarla sin atender a leerla, el rencor hacia la Cruz Negra estámuy arraigado en su corazón, tanto que a veces nubla su buen juicio.
La dama, daba la introducción de una explicación a su engaño, con el fin de justificarse, aunque ese no fuera su verdadero fin, sino el rehacerse con la confianza del teutón si én algún momento de la noche la rozó.
- Esto es un ultraje.
La indignación de Hans era tal que prácticamente estaba dispuesto a abandonar la sala y sólo la buena educación de noble había evitado el escándalo, aunque ya pensaba en informar a Harald y por supuesto a sus superiores de aquella parodia.
- Tranquilizaos monsieur.
Susurró la doncella en contraposición al agrio caracter del germano.
- Vos estais aquí porque se avecina una guerra, traeis una propuesta, pero no de Haderstadt, yo deseo escuchar esa oferta como senescal y consejera de Harald.
Buen cuidado tuvo Elois en remarcar con su lengua la palabra "consejera", por ahí quería trnaquilizar al teutón haciéndole ver la influencia que podría tener sobre el príncipe...
Y parece que Hans se enfrió por un momento, pensando que quizás aquel viaje no habría sido en vano después de todo. Además sentía intriga por la joya que tenía ante si, una verdadera depredadora de la corte...
Sonrió, mostrando alivio y una disposición al diálogo. Elois lo acompañó con su dulzura habitual, tenían mucho de que conversar...
La velada había sufrido altibajos en cuanto al recelo de aquel extranjero, pero la lengua de la francesa sabía como domarlo hasta el punto de engatusarlo. Por ello Hans partió con la misma discrección con la que había llegado, así como un acuerdo bajo el brazo, no para el Señor de la Cruz negra, sino para alguien que representaba otros intereses, su maestra, Julia Antasia...
Pronto caerían las fuerzas germanas sobre Harlad, poco podría hacer el buen príncipe salvo prepararse para ressitir, pues su orgullo le impediría pedir ayuda a París, al resto de ventrue aliados... El orgullo sería la condena del grna Harald de Reims, mas había alguien en la sombra que velaba por el bien de la ciudad, anteponiéndolo al orgullo de sus gobernantes.