Sebastien de la Baule entró incontenible en el despacho personal del Abad Gèrvese, era evidente que estaba furioso. No era frecuente ver al caballero en ese estado, por eso el Abad que estaba escribiendo en su escritorio antes de ser interrumpido, se olvidó de su tarea y se preocupó de Sebastien, con amabilidad, pero también expresando cierto malestar por los modos de su visitante.
GÈRVESE – ¿Qué sucede caballero Sebastien? Espero que vuestro comportamiento tenga una buena justificación.
SEBASTIEN – Señor Abad, debéis conocer estas noticias, últimamente han sucedido extrañas cosas en el campamento de refugiados, al parecer es un secreto a voces que ha llegado un profeta perturbado al campamento de refugiados, que debe estar propagando sus herejías entre ese grupo de cismáticos, paganos e infieles que allí malviven.
Gèrvese no parecía interesado en esa conversación, trató de darle fin, indicándole al caballero que aquel asunto no era de su competencia.
GÈRVESE – Si es como decís, la “inquisición” que se encarga de los herejes deberá tomar cartas en el asunto. Sin duda la herejía es una de las manifestaciones del demonio que la iglesia debe combatir, pero nosotros tenemos una tarea diferente, tan o más importante, y no disponemos de los medios necesarios para combatir el mal del que me estáis hablando.
SEBASTIEN – Precisamente por eso vengo tan enfurecido, he ido la biblioteca para informarme de ese “profeta Anatole” y él bibliotecario me ha dicho de que ese Anatole es un Vampyr conocido. ¿creéis que pueda ser cierto?
GÉRVESE – Se que es cierto porque yo mismo fui quien se lo contó al hermano bibliotecario.
Sebastien se revolvía intentando manifestar lo inconcebible que le resultaba lo que estaba oyendo.
SEBASTIEN – Entonces ¿ni siquiera lo dudáis?. No comprendo cómo podéis permanecer tan tranquilo sabiendo esto, necesito que me aclaréis qué hace de este caso algo diferente a los demás. ¿por qué no vamos con todas nuestras fuerzas al campamento de refugiados y enviamos de vuelta al infierno al demonio que habita en ese cadáver andante y a todos los que le acompañen?
GÈRVESE – ¿Cuánto tiempo lleváis con nosotros señor de la Baule? ¿Tres años? ¿Nunca sentisteis curiosidad por lo que le sucedió a vuestro predecesor en el cargo que ahora ocupáis? No asaltaremos el campamento de refugiados, no subestimaremos al vampyr llamado Anatole y no nos enfrentaremos directamente a él porque todas esas cosas ya han sucedido y hemos aprendido de nuestros errores.
Gèrvese tomó su bastón que reposaba junto al escritorio y se levantó, caminando después hacia la salida para dar fin a esa conversación.
GÈRVESE – Por lo general los caballeros de vuestra orden respetan mis métodos porque se ha demostrado que obtienen resultados. No discutiré con vos esos métodos, sólo os diré que la llegada de ese Anatole no me ha pasado desapercibida, pero es sólo una pequeña anécdota en una larga historia, de la que vos no conocéis el principio y de la que todavía no se ha escrito el final. Os rogaré que esperéis a ver como termina antes de juzgarme.
El Abad dejó al caballero sólo en la estancia. Sebastien se quedó reflexionando, con ese gesto apesadumbrado que le caracterizaba.