Como cualquier otro día, la multitud acudía al mercado situado junto a la puerta de San Jaques. Tanto la gente de París como de las poblaciones vecinas, venía cada día a realizar las compras de cualquier tipo a este lugar.
Pero hoy era un día un tanto especial. Nicolai, uno de los mercaderes que trabajaba para Joseph, había recibido instrucciones de partir hoy en busca de mercancías. Hasta aquí nada se salía de lo normal. Por esta época todos los años solían hacer varios viajes a la campiña francesa para proveer a París del grano que necesitaría para el resto del año. Pero este año las órdenes eran algo peculiares. Tampoco muy extrañas, pero si peculiares, cuando menos. El jefe había ordenado partir a sus carretas de forma escalonada, a lo largo de todo el día, haciéndose pasar por aldeanos que había venido a la ciudad al mercado. Al parecer, el motivo eran unas bandas de ladrones que habías apareceido en los bosques a las afueras de París. Nicolai algo había oído, si. La gente es muy dada a contarle su vida al frutero, y muchos se quejaban de hechos extraños en los bosques. Y si el jefe le daba la importancia suficiente como para tomar estas precauciones, así se haría. Había demostrado ser un hombre muy sabio a lo largo de los años que llebaba trabajando con él, como para dudar en este caso. Así que, siguiendo sus órdenes, sus carromatos fueron abandonando París poco a poco, para reunirse al día siguiente en el pueblo más cercano, ya del otro lado de los bosques, y desde allí proseguir la marcha de manera habitual, en forma de caravana de mercancías.
Noticias similares recibieron gran parte de los mercaderes que trabajaban para Joseph. De forma escalonada, y durante los tres o cuatro días siguientes, sus carromatos dejaron París confundiéndose con los aldeanos que iban al mercado cada día.
Su maniobra había comenzado.
Un hombre con la librea de uno de los duques del reino apareció pocos minutos antes de que la caravana partiese. Se acercó al líder de la caravana y se detuvo a su lado.
-Por orden del Rey, debéis entregar esta carta en Florencia y traer la que os entreguen allí. Protegedla con vuestra vida si queréis volver a vender vuestros productos en este mercado. Y si no queda en vuestra ruta, desviaros.-
El hombre era rudo, de eso no había duda.