Fuego...
Vincent abrió los ojos justo en el momento en que gran parte de la techumbre se desplomaba consumida por las llamas y que lo hubiera aplastado de no ser porque tuvo la agilidad suficiente como para saltar a un lado. Un humo espeso y negruzco anegaba la estancia y de haber necesitado oxígeno en aquellos momentos, sin duda habría significado su agónico final, mas su naturaleza divina le protegía de las vicisitudes que los mortales padecían, los dones del Padre Oscuro protegían a sus hijos fortaleciendo sus pasos en las tierras de Ialdabaoth...
Vincent se alejó de las lenguas de fuego que amenazaban por descontrolarse y extenderse por el sótano que había usado como refugio temporal aquella noche. La madera crepitaba y crujía, desintegrándose entre vaharadas de ceniza carbonizada y el Lasombra siseó de disgusto al sentir como su cuerpo se revolvía inquieto ante su feroz enemigo flamígero. ¡Indigno es aquel que cede a la Bestia en los momentos de necesidad!. Llevando a cabo un extraordinario esfuerzo para controlar sus miedos, buscó una salida de aquel infierno sin fortuna. Las escaleras se habían derrumbado pasto de las llamas y sobre las paredes, voraces lenguas ígneas lamían la madera en una danza retorcida. Vincent siseó y apretó los puños, luchando contra sí mismo, obligándose a obedecer... Tras un lapso de apenas unos segundos, sus piernas le impulsaron a una demente carrera en dirección al muro de fuego y saltó a través de él, envolviéndose en un halo de ascuas y esquirlas ennegrecidas...
...Al otro lado se extendia una amplia y húmeda bodega, encubierta por un manto de polvo y telarañas...Se arrastró hacia su interior mientras se desprendía de su hábito, humeante y carbonizado, mientras la sangre divina que corría por sus venas aplacaba las mordientes quemaduras de su cuerpo imperfecto. Se puso en pie y se alejó del infierno que crecía tras él, desapareciendo a través del umbral que daba al piso superior...
La brisa nocturna arrastraba consigo el hedor de la muerte y el sabor del fuego. El infierno había encontrado acomodo en aquella ciudad y se deleitaba en su bizarra orgía de alaridos, humo y sangre, envolviendo el cielo con su costra ennegrecida por las almas de los que habían sido purificados...
Vincent sintió como las fuerzas abandonaban su cuerpo, cayendo al suelo derrotado al contemplar estremecido el paraje que horas antes bullía de vida y serenidad. Las casas que se arracimaban alrededor de la hermosa fuente eran ahora oscuros esqueletos consumidos por el fuego, los árboles talados para tallar lanzas que se eriguían hacia el cielo ensartando en su camino cuerpos estrangulados por el dolor, rios de sangre fluyendo lentamente desde las callejuelas más elevadas anticipando el horror que éstas ocultaban allá donde la vista no podía alcanzar...
Y lloró...
Su rostro se cubrió de llanto escarlata que embargó su espíritu de una miseria y soledad que lo laceraba con amargo veneno. No existía esperanza alguna en el hombre, en su salvación. Todos estaba condenados. La sangre de Caín no era suficiente para purificar sus ennegrecidas almas...Se arrodilló mientras sus manos cubrían su rostro indigno...
- ¡Eh! ¡Aquí hay uno!- Los gritos provenían de la garganta de un soldado que se acercaba a Vincent a paso vivo mientras desenvainaba una espada escarchada en sangre, al igual que su rostro y su cabello. Dos hombres más acudieron a su reclamo, con sonrisas pútridas y jubilosas enmarcando sus mezquinas miradas, jubilosos de haber encontrado una nueva víctima cuando ya habían abandonado la esperanza de prolongar la diversión. Uno de ellos arrastraba a una jóven por el cabello, ignorando sus débiles gemidos de dolor, y ahora aquel fraile de mirada perdida serviría para redondear el espectáculo...al fin de al cabo, enviar a esos malditos herejes al infierno significaba congraciarse con Dios.
El primer soldado se abalanzó sobre Vincent propinándole una violenta patada en el costado que le hizo caer de bruces al suelo. No se detuvo. Sus golpes trajeron consigo el estremecedor crujido de huesos, el tibio aroma de la sangre y las risas de sus camaradas. Pero no hubo quejas. Cuando se acercó a Vincent descubrió con resignación que aquella rata no le proporcionaría más placer que el de arrojarlo al fuego, pues estaba muerto.
- ¡Eh! ¡Traeme a esa zorra!- Aulló el hombre al que sujetaba a la muchacha. - Quiero fornicar con esa bruja antes de enviarla al infierno...¡Y quiero que él lo vea! -
Arrojaron a la mujer al suelo mientras el déspota le arrancaba la falda con impaciencia y brutalidad. Los ojos de la muchacha parecían ausentes, insensibles ante el sufrimiento que acontecía a su alrededor. Por un momento mujer y clérigo fundieron sus pupilas mientras sus almas se disponían a alcanzar la paz definitiva una vez abandonaran sus cuerpos de barro, pero este reposo no parecía hallar el semblante de Vincent, que se iba contrayendo hasta conformar un rictus de ira que se tradujo en un estremecimiento de su espina dorsal. Los cátaros aceptaban la muerte como un paso más hacie el Paraiso, y renegaban de cualquier nivel de violencia, pues solo con un severo autocontrol podrían honrar a Dios en aquella vida efímera y dolorosa. Pero para desgracia de los soldados, Vincent no pertenecían a los Perfectos, sino a los Angeles de Caín...
El soldado buscaba su miembro para enfilarlo hacia la entrepierna de la jóven cuando vio frente a él la figura impasible de Vincent. Sus ojos poseían la oscuridad de una noche sin estrellas, sin Luna, unicamente la esencia del Abismo que se filtraba a través de sus pupilas. Henchido de rabia, se lanzó a por el clérigo y su acero buscó partir en dos aquella insolente aparición, pero cuando quiso darse cuenta, eran los huesudos dedos de Vincent los que apresaban su muñeca. El chasquido de los huesos comenzó a sugerir una macabra sinfonía a la que pronto se unió el grito quejumbroso del infeliz, urgiendo a sus camaradas para que lo ayudasen. Uno de ellos acudió. El otro retrocedió con la frente encharcada en sudor.
Finalmente el Lasombra liberó a su víctima cuando la mano se desprendió del brazo con un respugnante crujido final. La víctima se desplomó entre espasmos de dolor y antes de poder abrir de nuevo los ojos, su cabeza estalló como un fruto maduro cuando sobre ella cayó un pie con la fuerza de un rayo.
El hacha de guerra del segundo no llegó a rozar al cainita. Su poseedor se había desmoronado a escasos metros, roto por el llanto y el terror, embriagado por sus propios orines y la ausencia de aire en sus pulmones. Ante él se mostraba en todo su demoniaco esplendor la figura de una criatura del averno, un ente sombrío cuyo rostro desgarraba el alma de quien osase contemplarlo. Avanzó sin caminar mientras jirones de su propia oscuridad se enredeaban alrededor del infortunado, cortando su carne, envenenando su sangre, ahogándolo en su propia bilis mientras sus patéticas piernas pataleaban el aire hasta quedar laxas e inmóviles. El tercero huyó sin volver la vista atrás, pero al cruzar la esquina penetró en las tinieblas de un callejón que eclipsaron sus gritos...