Salio con tranquilidad de la tienda de campaña para dejar que su amigo durmiese al fin. Para Julius, a quien todo el mundo tenía que llamar Caesar, había sido un día muy atareado. La verde y vasta llanura se extendía ante los ojos de Alexandros, quien habia tomado el nombre de su antiguo amigo el Magno, una belleza bañada por un río tranquilo pero poderoso.
En la orilla norte, el poblado de Vercingetorix yacía con la empalizada quebrada en numerosos puntos, allá donde había sido más fuerte el asalto de las Legiones de la poderosa Roma. Sin embargo, los ojos de Alexandros quedaron fascinados por la isla que había en el centro del río, de una belleza deslumbrante. No había visto nada parecido en belleza desde que abandonase la Ciudad de las Siete Colinas, con sus palacios de mármol y gloriosos habitantes.
Estando allí, de pie bajo la luz de la luna, tuvo una revelación. Quizás Zeus mismo se la hubiese dado, bajo su nueva identidad como Júpiter, o quizás fuesen las Parcas. En cualquier caso, vio levantarse en ese mismo lugar una ciudad de gloria incomparable: poderosas fortalezas guardaban sus entradas, altas murallas de piedra rodeaban su extensión, grandes centros de conocimiento enseñaban a las gentes, enormes mercados donde florecía el comercio, y altos templos a los Dioses se elevaban en la isla donde un poderoso palacio servía de residencia a los más poderosos entre los mortales y los inmortales.
Tan poderosa fue la revelación, que Alexandros decidió que su camino divergía aquí del de su viejo amigo Caesar. Lo dejaría a él terminar sólo su campaña en la Galia y retornar a Roma, y desde lejos sólo con sus cartas asesoraría su toma del Senado y su transformación en Cesar de toda Roma. Él permanecería aquí, en Lutetius, y fundaría una ciudad allá donde las tiendas de campaña de la Legión se levantaban… al menos hasta que pudiese trasladarla a la isla que lo había seducido.
Los pies del vampiro comenzaron a caminar, alejándolo de la tranquila seguridad del campamento de la Legión e introduciéndolo en la oscuridad de la noche bañada por la luz de la Luna. Ignoraba si acaso alguno de los seguidores de Vercingetorix podría haber escapado de su derrota, pero eso no lo preocupaba, consciente de que ningún mero mortal podría siquiera intentar oponerse a su poder inmortal, regalo del nieto de Hades.
Sus pies se introdujeron en el agua, y comenzó a caminar como en un sueño hacia la isla que se elevaba en el centro del río. Como en un sueño, se hundió en la corriente hasta que su armadura de cuero quedo completamente cubierta, y continuó caminando a partir de ahí.
Y allí, bajo la luna, vio a la hija de Hades, a aquella bárbara sucia y desarrapada, cuya piel traslúcida dejaba ver el funcionamiento de sus órganos internos y el pulsar de sus venas. La Nosferatu esperaba con tranquilidad, serena ante la aparición desde las aguas del poderoso general romano, demostrando una entereza encomiable. Pocos eran los que podían permanecer tan tranquilos frente a quien ya había caminado por el mundo más de medio milenio, y más sabiendo que su pueblo y sus protectores ya habían sido derrotados.
Se presentó como Mnemach, la diosa de los muertos a la que veneraban aquel conjunto de bárbaros, y aquella fue una noche larga. Bajo la luz de la luna que iluminaba desigualmente a ambos, los dos no-muertos encontraron que podían convivir juntos. Mnemach aceptó el gobierno de la superficie por parte de Alexandros, mientras que él le entregó a la otra la posesión de los túneles bajo tierra que existían desde las canteras y que ella, con el tiempo había ido extendiendo.
Y así, con el entendimiento entre ambos vampiros, Lutecia comenzó una nueva etapa de la historia. Mucho revuelo se montó en el Senado Eterno cuando Alexandros no regresó con Caesar, pero pronto quedó anegado por los movimientos políticos que siguieron al golpe de estado de Julius, debidamente asesorado por Alexandros mediante cartas que iban de un extremo de otro del Imperio.
Lutecia creció con rapidez, cambiando con el paso de los siglos su nombre por París. Tal fue el éxito de Alexandros en el gobierno de su ciudad, que pronto otros vampiros acudieron a vivir a ella, vampiros del Imperio, pero también algunos de las tierras bárbaras al oeste. Y la envidia que engendró en Roma fue tal que incluso el poderoso y orgulloso Mitras abandonó su cómoda posición en el Senado Eterno para liderar la conquista de la Britania, y Mi-ka-il se unió a sus amantes eternos para fundar la Segunda Roma en el este.
Y así fue durante siglos. Pese a la caída del Imperio Romano y la conquista por los Francos. Pese a las intrigas crecientes y los conflictos entre vampiros. Pese al auje de la Iglesia del Pescador, del Dios Único. Pese al éxito de Carlomagno el auge del Sacro Imperio Romano Franco y su posterior caida. Pese a las guerras con Mithras e Inglaterra.
Lutecia, renombrada París, creció y prosperó hasta convertirse, tras el saqueo de Bizancio, en la más grande de las ciudades de todo el Mundo Conocido. Y, sin embargo, para el momento de máximo triunfo, Alexander ya no poseía la claridad mental como para reconocer su éxito. Su sueño, su visión, hecha realidad.