Erik desmonto de su caballo en aquel conjunto de desarrapadas chozas que algunos consideraban su hogar. Sucios y andrajosos mendigos se movieron por sus sombras, algunos incluso vistiendo aun los andrajos de lo que habian sido antiguamente unas ricas vestiduras. Los no-muertos entre ellos huyeron al verlo acercarse, temeroso del poder del Principe que el representaba.
Sin embargo, el no estaba aqui por ellos, sino que venia a ver a quien hubo una vez nacido en esta misma plaza, de donde habia sido expulsado hacia muchos anos por Alexander: Anatole, el profeta loco del Clan Malkavian, quien decia poder escuchar la voz de Dios.
Asi que se dirigio con tranquilidad a su encuentro, sabedor de que el otro estaba tan interesado en esta reunion como lo estaba el mismo.
El profeta estaba practicamente a la vista de cualquiera que quisiera encontrarlo en aquel momento, cercano a las chozas mas alejadas del campamento, sentado sobre una gran piedra del tamaño de un buey, que hacia tiempo que criaba moho. Su vieja espada se postraba a su lado, encima de la piedra, Y sus pies, también apoydos en la roca, sujetaban el peso de unos brazos que se apoyaban en las rodillas, y en esa posición, quieto como una estatua, contemplaba un trapo extendido sobre el suelo, frente a el. Parecia icluso que estaba concentrado en ello.