El negro caballo de Mikael arribó a la aldea Dominio de su señor.
La imponente figura del eslavo permanecía erguida sobre el gigantesco corcel, mirando a un lado y a otro, más con asco que con curiosidad. Asco porque mezclarse con simples campesinos que además le miraban con odio, y además protegerles el culo, no era lo que él llamaría un servicio bien retribuido.
Todo fuera, sin embargo, por servir a su señor.
Desmontó frente a una casa de mediana altura, frente a la cual había un soldado armado. El soldado se apartó cuando el eslavo pasó frente a él, y le despositó las riendas de su montura en la mano. Cerró de un portazo. Sería una larga temporada.
El eslavo arrojó el pesado escudo sobre una mesa y se sentó del mismo modo pesado. Una mujer joven, blanca y afeada por las inclemencias del trabajo, acudió presta con un plato de madera con un pedazo de carne rostizado, algunos vegetales y un tarro con cerveza.
El eslavo no se dignó mirarla, y hechando mano a su comida acabó con ella en pocos minutos, terminando con un gran erupto que hizo enrojecer de vergüenza a la aldeana.
Luego se puso de pie y estiró los brazos horizontalmente. La mujer, presta, retiró la pesada armadura del fornido cuerpo del Bratovich, y con sacramental cuidado la organizó sobre la mesa.
Cuando terminó, el eslavo la miró de reojo, y ella, entendiendo lo que aquella mirada significaba, se dirigió a la habitación. El gigante no era desagradable; podía ser feo y tener su cuerpo lleno de marcas negras y de cicatrices, pero tenía un porte noble que la hacía soñar con cortes y reinas. Si fuera sólo eso, se rehusaría, pero la furia animal, la energía primordial que el guerrero imprimía al acto del amor, la dejaba tan complacida que podía ser un paria, y ella gustosa abriría sus piernas y llenaria su musculoso cuerpo de besos, tiernos o salvajes, según él lo deseara.
Así eran los días y las noches del eslavo en el pueblo: vigilaba en el día y parte de la noche, cenaba y hacía el amor. Podría decirse que era la vida perfecta, pero Mikael cada vez se llenaba más de hastío y ya no sólo lo embriagaba la nostalgia por su pueblo, sino también la nostalgia por la sangre, por la muerte y por los campos de batalla.
Se puso de pie.
POr su musculoso cuerpo caían pesadas gotas de sudor. Un vaho de fuertes olores corporales se acomulaba en la atmósfera de la habitación. Extrañamente Mikael había encontrado desde que llegara a París una pérfida analogía entre ese vaho que ahora respiraba con ganas, al que volaba por días sobre los campos de batalla.
Ya la noche había caido sobre el mundo, y las gaviotas con cuello de sangre ahora seguramente descansarían tranquilas en sus nidos.
Sonrió, momentáneamente distraido por un recuerdo de su infancia.
Aún desnudo, con un gesto distraido, tomó la espada que descansaba sobre la mesa, y conitnuó largas horas observando la monótona escena que tenía al frente, cargada de nebulosas, polvo y oscuridad. Lejos de allí se encontraba lo que sin duda le ocupaba.
FDI: Cerrado.