Title: Susurros tardíos. {20-IX-1225}
Description: Público. Por la tarde.
Tristan Du Lac - January 27, 2006 03:25 PM (GMT)
Cuando apartó la consciencia del libro, obviando por unos instantes la lectura, se descubrió cómodamente instalado en la hierba, ligeramente recostado sobre un árbol y con un libro forrado entre manos. La luminosidad escaseaba y someter sus ojos a la lectura era desdeñarlos notablemente.
De igual modo, murmuró entre dientes el salmo que por obra de la caprichosa naturaleza y su fulgurante peón había sido bruscamente interrumpido.
"El temor del Señor es puro:
permanece para siempre.
Las sentencias del Señor son verdaderas:
todas ellas son justas.
Son más deseables que el oro,
más que mucho oro refinado;
son más dulces que la miel,
la miel que destila del panal.
Por ellas queda advertido tu siervo;
quien las obedece recibe una gran recompensa."
A un lado, descansaba, depositada sobre la misma hierba, una espada envuelta en piel curtida, rezumando una inocencia aparente y quimérica. Al otro flanco del hombre, placenteramentemente dormitando, había un cayado, cuyo refulgente extremo ahora emitía un quedo brillo, más intenso cuanto más cercana les era la noche.
El hombre entornó los ojos, para atravesar con ellos el inexpugnable velo de niebla y ver quien era el ente que se aproximaba, pues cierto era, que había escuchado pasos amortiguados sobre el tupido manto de hierba.
Cu-Cu...¿Quién es?
Isolda Lamartine - January 28, 2006 04:05 PM (GMT)
Isolda gustaba de caminar cuando el sol amenazaba ya con desaparecer. La comunión existente en esas horas del crepúsculo entre el poder del día y la melancólica agonía de la noche, la llenaban de fuerzas y despejaban sus mentes como ninguna otra cosa sobre el Materia Mundi.
Ahora el viento era delicado, y claramente podía entreverse bajo su manto azuloso la presencia inagotable del mundo más allá del nuestro. Cerró los ojos y se detuvo por un momento, aspirando con fuerza, guardando en un gran baúl todos los aromas que la invadían, gentiles y caballerosos, sabiendo de quién se trataba.
Y como bien era sabido, nada de lo que hacía carecía de intención -aunque ni ella misma pudiera escribir la última palabra-, prosiguió su camino hacia el sauce llorón.
Tristan Du Lac - January 28, 2006 05:28 PM (GMT)
Abandonó la postura de reposo incorporándose con lentitud, ala que se añade la paz inherente de la escena cuasi nocturna. Apoya sus manos sobre la hierba, tibia y agradecida, manteniéndose quieto un instante, con las rodillas flexionadas.
Acaba de erguirse sigilosamente, ni siquiera los pliegues de su túnica resuenan al ser removidos por los movimientos, felinos y cautelosos del Presbítero, la silueta de la Archimaga comienza a tomar una muy deseable forma, desdibujada por la niebla y los rayos anaranjados del sol del crepúsculo a contraluz, que adulteran su imagen, desvirtuándola en una aún más magnífica y poderosa.
En su mente, resonaban aún los ecos de su rezo en latín:
"Gloria in excelsis Deo.
Et in terra pax hominibus bonae voluntatis.
Laudamus te, benedicimus te,
adoramus te, glorificamus te,
gratias agimus tibi
propter magnam gloriam tuam,
Domine Deus, Rex caelestis,
Deus Pater omnipotens.
Domine Fili unigenite, Iesu Christe."
Lenta, muy lentamente, las reminiscencias de la oración fueron perdiendo consistencia en su mente, ordenada y serena. Sus ojos, apagados y fríos en consonancia con la calidez de sus cabellos enfocaron a Isolda Lamartine.
- Isolda Lamartine, Archimaga de la Orden de Hermes, Regente de la Capilla, os presento mis más sinceros respetos, ¿cómo se le presenta la noche, si es que vuesa merced me permite preguntar?
Inclinó parcamente la cabeza, tomando en un celero gesto el cayado del suelo, que empuñó suavemente. Mientras la turquesa inmaculada que coronaba la madera apuntaba con orgullo al cielo, centelleando esporádicamente.
Isolda Lamartine - January 28, 2006 05:43 PM (GMT)
La figura de Isolda se detuvo.
Vestía un humilde traje marrón, que se apretaba a a su cuerpo con cierto deje de lascivia, dejando entrever las voluptuosas formas divinas de la hermética. Su cabello, como siempre, libre, no brillaba esta noche y permanecía opaco y marchito sobre su cabeza.
Pero sus ojos, siempre profundos y centelleantes, dejaban escapar un azul reflejo que lejos de luchar armonizaba con la ya creciente noche. A su alrededor un rumor de misteriosos susurros se levantó, y un laberíntico y misterioso presentimiento embriagó el alma del cristiano con su sirénico aroma. Así era como todos se sentían frente a la Magister Mundi.
El blanco rostro de la doncella esbozó una sonrisa, y brilló de nuevo el azul de sus ojos, en respuesta al divino gesto, e Isolda se inclinó respondiendo al saludo, y su voz fue más delicada que el rayo de la luna, y maternal como el murmullo de la tierra cuando cierras los ojos.
-Es encantadora esta noche, Presbítero Tristan Du Lac, pues me ha regalado Presenciar el regreso de un Despertado a los muros de Le Ictus, en estas épocas con pocas esperanzas y muchos miedos.
Se incorporó, y su sonrisa, aún brillante y sincera no había desaparecido.
Tristan Du Lac - January 28, 2006 05:58 PM (GMT)
Entorna los ojos, contemplando en silencio la pureza de su silueta y su bella planta. Desde luego nada de lo que se murmuraba en los interiores más recónditos de la capilla era mentira. Isolda Lamartine, era una mujer cuya belleza suponía un clamoroso estruendo, de cara a la ordinaria noche. Su indecible hermosura eclipsaba con creces la amplitud de los cielos, y la majestuosidad de la tierra.
- Mucho menos que un regalo es mi llegada, mi señora Lamartine, un acontecimiento entre otros tantos, aquí...dentro de los límites de este lugar.
Ladea la cabeza, dejando que el sol moribundo perfile sus bellos rasgos, incidiéndo con especial fuerza en las líneas frívolamente talladas que eran sus facciones, recorridas de parte a parte por el encanto del atardecer. Segundos más tarde, cierra los ojos, sintiendo como su piel se caldea notablemente, recorrida incansablemente por el fuego del astro rey, confiriéndole una grandiosa vitalidad.
Se agacha ligeramente a recuperar el filo que le había compañado durante sus horas de lectura, en el breve gesto se descubre, cubriendo su pecho una cota de mallas, hilada por un metal fino y resistente en apariencia, trenzada finamente a lo largo de todo su torso.
Isolda Lamartine - January 29, 2006 02:26 PM (GMT)
El perfil glorioso del cristiano no se quedaba atrás en belleza, pues estaba imbuido de aquella belleza espiritual que tan pocos hombres ahora llevaban, con la mirada perdida en confines distantes y zurcos en la piel evidencia de las noches de preocupación y meditación, o de la total entrega a lo que su alma sabía como cierto.
Isolda, conocedora por necesidad de las formas, apreció que le regalara la visión que ahora tenía frente a sí: el espíritu puro en conjunción con el día que muere, con la inmortal belleza del crepúsculo.
Cuando habló de nuevo su cuerpo estaba ladeado, y con la mano izquierda invitaba al cristiano a caminar junto a ella.
-Si los normales eventos fueran siempre tan afortunados, no podría jamás apartar de mi rostro una sonrisa y mi alma no se vería nunca nublada por preocupaciones.
Suspiró para sus adentros. En realidad sí le encantaba la presencia de otro Desperado, más que nada, a pesar de que fuera un miembro de las Voces Mesiánicas.
-¿Qué camino han elegido sus pasos, Presbítero, mientras ha estado alejado de París? Espero no sea inadecuado que se lo pregunte, y si lo es, entonces discúlpeme pues no es mi intención incordiarlo.
Con sus palabras hizo una venia a modo de disculpa, y esperó lo que tuviera que decirle.
Tristan Du Lac - January 30, 2006 10:07 AM (GMT)
Las filigranas verdosas que componen la melodiosa hierba parecen cerrarse sobre sus pies, pues no hay en su cuerpo un ápice de deseo de cambiar de lugar, sin embargo nada podía hacer frente a la tentadora invitación de la Magister. Sus pasos, envueltos en la recia piel de su calzado, avanzaron silenciosamente junto a la mujer, frente a la cual se detuvo para decir algo.
- ¿Y lo hace, madame Lamartine? ¿Muere la sonrisa en vuestro rostro, y vuestra alma se ve nublada por preocupaciones? - un fulgor instantáneo recorrió su rostro, una sonrisa cuyo efecto era darle más luz al conjunto.
Él apenas conocía diferencias, era un acérrimo seguidor de su religión sin embargo no sabía de fronteras. La unión hace la fuerza. Y eso era algo que los Magos deberían aprender si querían resistir a los Masassa y males mayores.
- En absoluto, me complace su curiosidad sobre mis andanzas.
Tras un breve lapso de tiempo, continuó.
- Viajé a las frías y escarpadas montañas ubicadas en el Sur y el Este. En busca de alguien que pudiera confirmar mis teorías atesoradas durante largo tiempo
Niega, visiblemente decepcionado ante la perspectiva del viaje.
- Mentes horadadas.
Isolda Lamartine - February 2, 2006 12:59 AM (GMT)
Sus pies desnudos eran uno con la tierra; no como pudiera pensarlo un Despertado de la Vieja Fe, o un Portavoz de los Espíritus, o un Lobo. Creían tener posesión por su historia de lo único que no podían poseer. Compartían con ella, en su piel y en sus almas, y desde sus historias, una misma vida y un mismo destino, pero su compartir no era completo, pues cegados, en parte por el dolor de su gente a través de la historia, en parte por su orgullo, sólo atinaban a aceptar una manera, un lado del n-cubo.
Los pies de Isolda, blancos y puros sobre la tierra negra y húmeda por la reciente lluvia, eran amantes, seductores y cómplices. El ir y el venir de los pensamientos que vivían bajo tierra, los deseos de los seres mustios que nunca habrían deseado siquiera imaginar el exterior eran para ella tan cercanos, sus mentes tan parecidas a la suya y tan hermoso su pensamiento eterno, que nada más podía hacer que dedicarles un amor sin condiciones.
Y así como ella leía, sentía a cada paso la vibración del Mundo, el Mundo leía en los delicados surcos de los pies de la dama su preocupación y su tristeza, su impotencia; un vaho de nostalgia brotó entonces de la tierra.
-Así es, monsieur. A veces es tan densa, tan densa, que mi cuerpo se siente ahogar por la pena que aqueja a mi alma.
Suspiró, bajando la mirada. Seguramente Aloisius ya había conversado con el Presbítero; si no lo había hecho, entonces debería ella decírselo antes de que pusiera su vida en peligro. La continuación de la otra conversación no hizo mejorar su humor, aunque al levantar el rostro para encontrar sus azules ojos con los del cristiano, pudo verse en ellos el resplandor de la curiosidad.
Tímida, preguntó, aunque aún su voz aquejada por los pensamientos que habían aflorado. -¿Y puede alguien a quien vuestra elección no haya secundado preguntar por vuestras teorías?
Tristan Du Lac - February 4, 2006 01:17 PM (GMT)
Tenía en alta estima la comunión del cuerpo y la tierra, la simbiosis emocional que ofrecía la vibrante tierra a cada paso, acreedora de los sentimientos que afloran bajo la cáscara corporal de todo ser humano. Llenó sus pulmones del aire, limpio e inmaculado, que recorrió su cuerpo de parte a parte, eximiéndole de toda contaminación esencial y primaria.
Él, si precisara el consuelo de una tristeza, pena o enfermedad, se sustentaría del Señor, que era su bastón, sus pies, y no siempre...sus manos. Se guiaba por sus pasos y no por sus acciones, pero estas sí se contemplaban influenciadas por la gloriosa mano de Cristo, bañando con su esencia pura e inocua sus palabras y actos, dotándolos de una verdad y un aplomo inalterables.
Sin embargo ¿por medio de qué haría la Archimaga frente a sus aflicciones?
Su mirada correspondió a la de la mujer, pudiendo expresar con sus ojos lo que sos palabras espartanas y secas no podían. En ellos se veía la limpieza de un alma impecable y serena, de una voluntad tan férrea como inmensurable.
- El mal, mi señora, la turbulenta presencia de un engendro en las entrañas de la roca...Un mal, que si me permite, debería haber extirpado, sin embargo...
Él no había tenido oportunidad de asistir al Concilio Mágico, apenas tenía idea de que sus pasos fueron antes recorridos por Isolda, ni que Lor-Ukter, el elemental al que aludía había errado, y su pútrida presencia era ahora más patente que nunca en París. Era hora de ponerse al día en tantas y tantas cuestiones...
- Desapareció, mi señora, simple y llanamente...
Isolda Lamartine - March 6, 2006 01:21 AM (GMT)
Isolda sintió un aire reconfortante subiendo por su cuerpo y alimentando su preocupada alma, al escuchar que a pesar de las insalvables distancias que la educación mágica de ambos despertados había puesto entre ellos, seguían siendo humanos, con todo lo que eso implicaba, preocupados por la destrucción del mal, entendido siempre en un sentido débil y por qué no decirlo con honestidad, burdo e ignorante. Pero vamos, que la época lo ameritaba. Ya llegarian tiempos de menos iluminación.
-Ha sido usted afortunado..., dijo tan débilmente que pareció más el sonido del sauce que se inclinaba sobre ellos al dejar al viento mecer sus hojas, que la voz de Isolda. Por un momento sintió el deseo de que las cosas hubieran sido diferentes en el viaje del presbítero, pero desde luego él no hubiera soibrevivido al espíritu, y problablemente ni su alma lo hubiera hecho.
-Entonces... ¿Don Aloisius le ha a usted contado las medidas que hemos tomado al respecto?
Le miró y había en su joven rostro la desgarradora presencia de la determinación.
Tristan Du Lac - April 8, 2006 10:57 PM (GMT)
Continuó su breve viaje junto a ella, y sintió el irrefrenable oleaje del viento y la hojarasca que anticipaba un otoño frío y yermo. Entornó los ojos, el crepúsculo radiaba su más intensa despedida sobre sus cabezas, y no pudo menospreciar la ocasión de volver a estudiar el rostro de la Archimaga, con una oculta sonrisa.
- Lo sé. Y al Altísimo he de agradecer que urdiera la providencia de tal forma que mi destino no fuera enfrentarme al ser maligno que auguraba destrucción desde el corazón de la roca. Pero debéis saber, que si de otro mudo hubiera tenido que ser, mi alma no se habría llenado de congoja, ni la espada habría temblado en mis manos. Pues férrea es mi voluntad, y grande mi determinación. - dijo con calma y sutileza, casi en un susurro, que acabó confundiéndose con el viento.
"Yo mismo, hermanos, al ir a vosotros no llegué con palabras y discursos elevados para anunciaros el mensaje de Dios. Me propuse no saber otra cosa entre vosotros más que a Cristo Jesús, y a éste crucificado. Me presenté débil, iba inquieto y con mucho temor, de manera que no tenía el lenguaje ni los discursos de los que saben hablar y conquistar a sus oyentes. Pero sí se manifestó el Espíritu con su poder, para que creyérais no ya por la sabiduría de un hombre, sino por el poder de Dios."
- No mi señora, aún no he tenido la oportunidad de ir a contemplar nuevamente al bien hallado de Aloisius. Había pensado hacerlo mañana en la noche. Tengo entendido que en Hospital de San Iulian podré encontrarle.
Isolda Lamartine - April 12, 2006 05:57 AM (GMT)
No lo dudaba, más sabía que el poder y la determinación de aquellos magos no venía de ellos, sino de la imagen de Dios, de lo que él significaba; eso les hacía débiles, más no por ello necesariamente inútiles. Hubiera deseado otra cosa. Otra cosa.
-No lo dudo.
Simple. Llanamente las opciones eran pocas. Mejores si se miraban desde arriba y no desde el lado. Pero eso era historia que hacía ya tiempo había empezado a tejerse.
-Así es. Allí podrá encontrarle, y estoy segura de que nuestra unión en este momento llevará Le Ictus a buen puerto.
No lo creía totalmente, pero necesitaba confianza. Esta daba increíble poder, aunque fuera una simple máscara, y en ese sentido Isolda, más que nadie, permanecía siempre con la cabeza en alto.