Title: Las Puertas de Oro de Doissetep
Description: Flashback 21/1/1221
Isolda Lamartine - January 23, 2006 04:02 PM (GMT)
Cuando las historias llegan a su fin, con un claroscuro en el último párrafo y un sinsabor en la boca, aquellos ambiciosos cronistas de líneas o aislamientos reniegan contra su propio sistema y arman, justo sobre las cenizas que ha dejado la anterior, una nueva.
Y sin tiempo no hay movimiento, y la eternidad se piensa como conjunto inseparable de partes sin suciedades del Materia Mundi, pero ese no es más que un modo ligero de pensarlo. Y es así simplemente porque los recovecos verdaderos, de la Sabiduría preexistente, disfruta poniendo laberintos a los que la persiguen; y cada vez estos son más difíciles, e incluso podría decirse inagotables.
------------------------
Dos figuras se hallaban junto a la falda de una escarpada montaña, una separada por largos caminos y un hermoso valle de las cadenas rocosas de los pirineos. Desde hacía unas semanas habían dejado de ver construcciones, y habían tenido que confiar en la habilidad del blanco can para dar caza a pequeños animales; no era molesto, de ningún modo, aunque estaban ambas féminas realmente cansadas.
Los caballos, igual que ellas, estaban rendidos pues no estaban acostumbrados a tanto tiempo de recorrer el mundo, y no sin problemas.
Ambas con sus rostros cansados, con sus ropajes raidos, pero ambas con una sonrisa tan grande que por poco se desbordaba de la cara. Y había sido tiempo suficiente para que Isolda se conociera y conociera su poder, para que bebiera aquella agua sagrada que ahora brotaba feliz desde su cascada interior, aquel mar de Infinitud, de Error, de Perfección y Perfeccionamiento. Y había redescubierto el poder de su palabra, de Aleph que era el origen caótico y hermoso del mundo y de las ideas.
Ambas, con la mirada hacia la cima de la montaña, estuvieron largos minutos en silencio, contemplando la majestuosa maravilla que la naturaleza les regalaba, y sintiendo en el invisible flujo de vida las hebras delicadamente trazadas por los magos de la Orden de Hermes.
Isolda Lamartine - January 23, 2006 04:47 PM (GMT)
Isolda suspiró. Por fin habia llegado. El viaje, por supuesto, podría haberlo realizado de muchas maneras mucho más rápidas; esta, la que había elegido, la más peligrosa y exigente, llevaba implícito el deseo de la Magister Scholae de hacer un viaje en muchas direcciones, crecer en muchos sentidos, y tener tiempo de conocerse para poder mostrarle a sus compañeros de Orden lo que tenía qué.
Cerró los ojos y levantó las manos. Löw, tomando de las riendas ambos caballos, dio varios pasos hacia atrás, alejándose de cualquier cosa que pudiera suceder; sólo Chokmah, que había entrado en aquellos muros más veces que cualquier Despertado, permaneció junto a su ama.
De las blancas manos de la Bonisagi, extendidas con la palma hacia arriba y levemente encocadas, se desprendió una débil luz blanquicina. El cabello rubio y marchito de Isola, adquirió una coloración más brillante y poderosa, y un viento que no brotaba de ningún lado hizo a los cabellos elevarse y flotar libremente. Sus labios se movían, y un eco, un susurró, llenó de inimaginable poder todos los recovecos de la montaña, fluyendo bajo las rocas como agua, en los corazones de los elementales como poder umbral, en los de los animales y de los hombres, en los de las ideas y abstracciones, como pura armonía celestial.
Y lentamente comenzó a decir los nombres de Lord Bonisagus y Lady Trianoma, y de uno de sus discípulos, y del discípulo de su discípulo, hasta llegar a su propio Maestro. Y cuando dijo su propio nombre ya no fue Magister Schoale sino Magister Mundi lo que encabezó la oración.
La luz entonces, por un segundo, brilló como la parte más alta de una vela. Los caballos relincharon, nerviosos; Löw cerró los ojos, aturdida, y el corazón de Isola dio un vuelco por la emoción.
Cuando la luz hubo desaparecido, frente a ellas se dibujó un camino. Las escalas estaban perfectamente hubicadas e Isolda comprendió el significado de su número y de su disposición, y el por qué de la blancura del mármol. A los lados las custodiaban piras con base triangular fabricadas en bronce, y llamas pequeñas pero eternas, que tan bien conocía, ardían casi infantilmente bajo la luz del sol.
Desde allí un extraño brillo en algunos símbolos en los escalones podía apreciarse, y mucho menos visible era, sin embargo, la figura vestida monásticamente de un hombre encorvado que de pie junto a las escalas sonreía con sabiduría.
Isolda hizo una inclinación de cabeza, que fue respondida de igual manera; la figura acompañó su gesto además con su nombre, y entonces la Bonisgai lo recordó. Se acercó a él, algo tímida, y luego de cruzar un par de palabras, ambos comenzaron la larga subida, seguidos por Lów y Chokmah. Los caballos, había dicho el Bjornaer, estarían bien cuidados donde estaban.
Isolda Lamartine - January 29, 2006 07:59 PM (GMT)
Los ojos de Löw y de Isolda se abrieron tan grandes eran ante la maravilla que observaban. Un par de gigantescas puertas doradas, de dos alas, abiertas de par en par con tallados nombres en hebreo, latín, griego, árabe y algunos idiomas que la archimaga no conocía. La historia de los hombres y de los Iluminados, de las Casas y de los Muertos, los finales y los principios de las vidas de todos los que cruzarían alguna vez la puerta o que habían sido besados por el hado con la bendición de salvarse del Olvido.
Y tras ellas, de luminosa y material, pero efímera existencia, un corredor con pilares que se perdían en lo alto, y marcado cada uno de ellos tal y como debería, y los pilares recorridos por hermosas tallas con su sentido y su destino, con su innegable propósito.
Si hubiera sido elección de Isolda, hubiera permanecido allí parada, fuera, para siempre, más no era ese su sino, y como debía, fue llevada por un servicial novicio a sus apostentos, donde se recuperaría del viaje y pensaría, antes de siquiera poder pensar en entrevistarse con el Consejo Mágico.
Isolda Lamartine - March 13, 2006 12:49 PM (GMT)
Varios días después, y especialmente ante la imposibilidad de la narradora de esta historia, de describir como se debe un lugar donde la magia es la realidad, y decidida a dejar ese lugar oculto para cuando su aprendiz dejara de ser un niño, Isolda, Chohkmah y Löw descendían las escaleras que llevaban hasta las puertas de Oro de Doisettep.
Con ellos bajaban también nueve ancianos y ancianas, todos sonrientes -excepto uno, pues sin excepciones no tendría sentido alguno-, incluso Isolda, pues en aquellos tres meses, encerrada en aquellos muros, su vida había dado el cambio definitivo hacia lo inasible e incontestable, y ahora se encontraba más en el mundo de los gigantes y de las ideas que de la carne y el sueño.