Title: Sobre Emboscadas y Enemigos
Description: Flashback 19/9/1220
Isolda Lamartine - January 19, 2006 03:21 AM (GMT)
Llevaba más de tres meses de viaje, y aún le faltaba bastante. Los caminos eran peligrosos y quería evitar las ciudades, por lo que los rodeos le quitaban demasiado tiempo; así también las meditaciones en las que se sumía.
Podía pasar horas observando las llamas en el fuego, podía pasar horas pensando en cómo la madera cedía paso a la vida en su estado más puro; y viajaba en comunión total con todo lo que la rodeaba.
A su lado, cabalgando como siempre silenciosa, Löw, comía poco y dormía cuando Isolda estaba despierta. Conocía perfectamente su papel, y el no gozar de autonomía le garantizaba a la Magister Scholae una defensora perfecta. Lástima que no hablara. Podría haberlo logrado, pero no podía perder tiempo.
Nunca se aburría. Cuando no estaba observando el mundo girar inevitablemente a su alrededor, conversaba con Chokmah, cuya sabiduría cada vez la sorprendía más.
Este es entonces el relato de uno de esos días, especial aunque no único en su tipo en esta travesía.
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Acampaban en un bosque no muy tupido; el espacio entre los árboles era perfecto para que ambas mujeres durmieran y descansaran, y los caballos pasataran sin que los perdieran de vista.
Se acercaba la tarde, y acababan de comer una viandas y de tomar un poco de agua en un arroyo cercano. Lo primero en aparecera la vista de ambas fue el pelaje blanco del caballo de Isolda. Lo segundo fue este relinchando con violencia y dando coces.
Ambas corrieron aprisa, y tras ellas el perro blanco. Al llegar no pudieron creer lo que veían.
En el suelo, aún dando tumbos, el caballo marrón que Löw usaba, esataba siendo devorado por cuatro lobos, mientras el corcel blanco escapaba bosque adentro.
A unos cien metros una figura corpulenta, envuelta en la piel de un lobo, con el cabello revuelto y una espada larga en la mano, se cacajeaba viendo el rostro de sorprensa de ambas mujeres. Emitió un sonido gutural y los lobos dejaron el caballo, acercándose a su amo.
-Por fin la alcanzo, Lady Isolda. -Sonrió malignamente.
Isolda, por primera vez en mucho tiempo, se sintió perdida.
Isolda Lamartine - January 19, 2006 12:38 PM (GMT)
-¿Me ha olvidado ya?
Levantó la mano y cuatro de los lobos, caminando despacio, rodearon a las féminas. Sólo uno permaneció al lado del montañés: un lobo grande, de hermoso pelaje negro y con ojos amarillos como el sol, tan aterrorizante como el infierno.
Ambas mujeres, indefensas, observaron cómo eran rodeadas. El rostro de Isolda dejaba traslucir su miedo, y sus manos temblaron hasta que ella atenazó la una contra la otra, para no dejar mostrar sus debilidades. Por el contrario, Löw tenía el rostro tan sereno como si nada estuviera pasando, y con la misma tranquilidad esenfundó su espada corta. Era una de las ventajas de no sentir miedo. Chochkmah gruñía, respondiendo a los gruñidos de los animales, preocupado por lo desesperado de la situación.
La respuesta de Isolda a la pregunta del montañés fue sorpresiva para todos; incluso para ella misma, que descubría en ese momento lo poco que se conocía.
-No podría, Iván Lobonocturno, olvidar un rostro tan feo como el que lleva puesto, aunque no le niego que lo he intentado, y no sin ahinco.
En realidad la Maestra del Octavo Círculo estaba en una situación difícil. El poder del montañés podía ser grande; los lobos eran un problema también a considerar, y el familiar del montañés tenía renombre por su poder, casi tan grande como el de Chokmah. Ella nunca había avanzado en las artes de Vires, a diferencia de la mayoría de Quaesitori, Tytali y Flmabeau que conocía, pero aún así era poderosa. Esperaba que lo suficiente.
Años atrás había dominado con facilidad la mente del montañés. ¿Sería prudente intentarlo ahora? Desde luego, sería lo más prudente que podía hacer.
Con sus ojos azules, que habían perdido todo brillo, observó los ojos negros y furiosos del pagano, mientras en su mente recorría la alabanaza y trazaba los diagramas. Sentía el poder fluir a través de ella, y la poderosa voluntad del hechicero oponérsele. Hizo un esfuerzo, y la energía mítica del mundo se unió a su acción, intentando un nuevo ataque, pero igualmente fue repelida.
Se sorprendió. Eso no era posible. ¿Cómo podía haber diseñado una defensa contra su poderosa magia de Corona en tan sólo cuatro años?
El montañés levantó la mano, y los cuatro lobos se lanzaron contra Isolda y sus comapñeros de viaje.
"Tal vez", pensó la Maestra, "sea la hora de emprender el Camino más Largo".
Isolda Lamartine - January 20, 2006 08:13 PM (GMT)
Los cuatro lobos mostraban los dientes con ferocidad, y el miedo que sentían los rodeados viajeros, que emanaba Isolda sin encontrar ninguna resistencia en su camino hasta la superficie, los alentaba aún más y les ponía más fieros y violentos.
No podían esperar más, y la Bonisagi era consciente de eso. Bastó una orden mental de la Magíster y Löw, trazando un arco ascendente con su espada corta, asestó un golpe tan terrible al lobo que tenía enfrente, que el ruido producido por el choque entre el acero y el hueso retumbó en todo el bosque.
Dos lobos atacaron a Isolda y Chokmah, mientras el tercero, gris y anciano auque aún poderoso, se lanzaba sobre Löw.
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Iván, calmado, desenfundaba una espada pesada y larga que llevaba atada a la espalda con cueros animales. Sonreía con cierta satisfacción, seguramente por la inminente batalla contra su más odiado fantasma del pasado, pero en sus ojos había una innegable nota de tristeza producida por la muerte de sus amigos. ¿Valía la pena su venganza si el costo era esa sangre que tanto amaba? Ahora… lo dudaba, pero era tarde para arrepentirse por sus actos.
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Cuando el lobo gris estaba a punto de caer sobre Löw, esta saltó hacia el montañés con violencia, pasando sin ningún problema los diez metros que los separaban casi en un segundo, dando más la impresión de volar que de saltar. En el aire blandió su espada lanzando un grito agudo y paralizante que retumbó también en el bosque. El Vieja Fe no esperaba aquello, desde luego, y con un reflejo animal producto de todos los años de entrenamiento en aquellos bosques, tomó el mango de su espada con ambas manos y detuvo el ataque de la sobrenatural criatura justo a tiempo; tan fuerte fue el impacto, que el gigante montañés, a pesar de sus fornidos brazos, terminó de rodillas con su pesada arma en lo alto y sus músculos resentidos.
Löw se disponía a dar un segundo golpe, letal esta vez dada la desventajosa posición de su contrincante, cuando sintió los largos colmillos del Familiar de Iván en su rodilla. No sentía dolor alguno, pero eso la distrajo el tiempo suficiente para que el Despertado, poniendo su mano derecha en el estómago del gólem, emitiera un grito salvaje cargado de significados místicos que sacaba su sustento mágico de las energías de la tierra: Löw voló varios metros y terminó estrellada con violencia contra un grueso árbol. Cuando Iván se puso de pie, sus tres amigos yacían a los pies del perro blanco –cuyo pelaje era ahora rojizo- y de Isolda, que se apretaba el brazo izquierdo, donde seguramente la habían mordido.
Ahora en el rostro de la Maestra del Octavo Círculo, no había más miedo; sólo quedaba una paz extraña y sobrenatural, una mirada ultraterrena que confundió al montañés por unos segundos. Y como su mirada fue su voz.
-No más Iván. No más… No era tanto una súplica como un consejo, pero el montañés, con el corazón oprimido por el dolor y la rabia, hizo caso omiso a las palabras de Isolda.
Caminó, espada en mano, hasta estar a cinco metros de la hermética; Isolda suspiró; levantó la mano y sus labios se movieron: la espada del montañés de deshizo en un torbellino luminoso que pareció ser aspirado por Isolda. El Familiar de Iván, el poderoso lobo, corrió sobrepasando a su amo ante la evidencia de la superioridad mágica de su enemigo, y cuando estaba a punto de saltar sobre el cuello de la Maestra, Chockmah salió a su encuentro, y entre gruñidos se alejaron, dejando a ambos Despertados solos en el claro.
Isolda Lamartine - January 22, 2006 03:09 AM (GMT)
Iván extrajo de su vestimenta una daga corta, con rapidez, e invocando el poder del Verano, blandió su arma desde esa distancia: una lengua de fuego delgada como la hoja de una espada viajó hasta la Maestra.
Isolda ni se inmutó. Dijo en voz alta, habiendo sentido el poder del fuego bullir en la quintaesencia del lugar, Tawn, y la vida de la lengua de fuego llegó a su final, pues así como el Vieja Fe controlaba el fuego, Isolda controlaba la energía vital del Universo, su motor primero, su Quintaesencia.
El montañés no dio crédito a lo que vio, y estaba a punto de lanzarse para golpear a la hermética, luego de haber invocado sobre sí el poder del Verano, cuando vio algo terrible.
La Maestra había trazado una sencilla ilusión, con su poder sobre la Mente y sobre la Energía del mundo: la lengua de fuego no había desaparecido; en cambio se había prendido de unas inocentes hojas secas, y avananzando como nunca antes había visto, invadía todo el suelo a su alrededor.
Blandió la hoja de la daga, pero el fuego no respondía a sus órdenes. ¿Tan poderosa era su enemiga, tan grande su control sobre la estación que más amaba? Pateó las hojas, pisó el fuego, gritó y suplicó, pero nada sucedía, pues el fuego seguía extendiendose y él estaba en medio; auqnue claro, eso no era lo que más le preocupaba.
Miró al cielo. Cerró los ojos, e invocando el poder del Invierno, las nubes comenzaron a oscurecerse y sonó a lo lejos un trueno. Una lluvia delicada comenzó a caer, pero el poder que el montañés imbuyó a su hechizo fue tal, que pronto se convirtió en un diluvio.
Abrió los ojos, confiado.
Pero lo que vio fue una visión terrible: se encontraba en una silla, seco, bajo techo; frente a él estaba Isolda. Saltó sobre ella sin pensarlo dos veces, pues estaba al alcance de su mano, pero su puño atravesó la ilusión, y entonces entendió de qué se trataba.
La voz de Isolda resonó en su cabeza:
-No quiero matarlo, Iván. Pero si no desiste en su empeño, me veré obligada a hacerlo.
Y fue tan fría su voz, que el montañés sintió un escalofrío recorrer su espalda.
Isolda Lamartine - January 22, 2006 03:11 AM (GMT)
A las pocas horas los dos caballos, con ambas damas, seguidas del perro blanco, abandonaban el bosque.
En el claro el cuerpo sin vida del valiente guerrero era llorado por los aullidos del lobo que durante años había sido su amigo, su único amigo.