Isolda caminaba inquieta de un lado a otro de su Sanctum, ante la mirada tranquila y milenaria de su querido Chokmah. El perro se labía tranquilamente la pata derecha, y su pudiera sonreir de satisfacción sin duda lo estaría haciendo, pues aquello que a su Ama le acontecía él ya lo había vislumbrado.
Las 'llamas elementales', como llamaba Isolda a los pequeños seres que giraban en lo alto de la construcción, contruían formas y palabras, y símbolos según los pensamientos de la Maestra, que miraba el suelo incosnciente de este efecto que creaba en el ambiente.
Allí era sumamente poderosa. Lo sabía. Pero muchas cosas habían acontecido últimamente. Sus pensamientos, sus ideas, su clarividencia habían alcanzado el fondo del pozo. Lo intuía. No, lo sabía. Y no lo abía soñado. Las evidencias eran muchas, y muy grandes todas ellas. Irrefutables.
¿Qué seguía?
Cuando los jurados de las casas la habían aceptado como Magister Scholae, y había sentido el golpe furioso de la magia y del universo acudir como el agua de la cascada al lago a su mente y a su cuerpo, se había dado cuenta de que el camino apenas empezaba.
Lo sabía. No pasaba ningún día sin aprender algo sobre el Universo, y los mecanimos de la Mens Divina que ya había reconocido en sus viajes o en sus libros, o explorando la imagen vertical de la llama de la vela, o en su propia mente y en sus propios paisajes oníricos, se le mostraban cada vez menos exactos, menos hermosos.
Nunca se había defraudado ni desanimado. Todo lo contrario: se había propuesto alcanzar el Intellectus Mundi, aferrarse a él y ser Hacedora y Destructora. Y ahora sentía en su cuerpo correr algo diferente, más poderoso, y veía el mundo tan diferente que no podía creer que antes no lo hubiera notado.
Por fin escuchó el esperado sonido en la puerta de su Sanctum. Había llegado.
El Magister Scholae Favertier, bani Verditius entró dejando la puerta enorme de dos alas de madera de roble atrás en cuanto Isolda se lo hubo indicado.
El hombre tenía un gesto afable y unos profundos ojos azules. Sus cabellos ya comenzaban a aparecer canosos en su cabeza, lo que acrecentaba la impresión de sabiduría que causaba. La verdad es que sus obras estaban dotadas de una belleza tal que la misma Isolda las recorría todas las veces que podía, captando detalles siempre nuevos y reveladores sobre la naturaleza de la joya tallada.
Era un verdadero artista, y sus obras no se reducían a las joyas para grandes damas. Ambos lo sabían.
Luego de que ambos se hubieron saludado como correspondía, con todas las formalidades del caso, Isolda le invitó a sentarse en un butaco de madera mientras ella hacía lo propio. Los separaba una amplísima mesa de madera negra cubierta por todos lados de papeles, diagramas, plumas, pergaminos, frasqcos con curiosas criaturas diminutas o con luminosas sustancias.
Pasaron largo rato observándose, ambos con una sonrisa que sólo la Iluminación concede. No necesitaban palabras, pues ambos conocían un lenguaje más exacto pero más caótico, más puro, en estado de creación continua.
Y así Isolda le hizo saber del cambio radical que había sentido bullir en ella como un volcán, y le hizo saber de sus miedos pues aunque sabía que tenía que abandonar París de nuevo, Aloisius era poderoso y la Orden no podía permitirse el lujo de perder ese bastión.
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Favertier estaba asombrado. Había notado en la Regente de la capilla muchos cambios, y observaba con calma cómo la Sabiduría, el Infinito, y Aleph, la Palabra de la Maestra del Octavo Círculo, se desbordaban. Y en sus profundos ojos azules había adivinado mares insonsables y profundos misterios, y aunque nunca había conocido a un Maestro del Noveno Círculo, un Magister Mundi, un Archimago, sabía lo que era.
La noticia fue agradable en sumo grado, aunque en un resquicio de su corazón sintió profunda envidia. No todos los herméticos podían alcanzar tal estado de Iluminación, y él sabía que nunca lo lograría.
Y el que le contara sus miedos fue inmediatamente bien recibido. Lo entendía. Y no tuvo necesidad de decir más.
-Regente, no se preocupe; retendré los embates del cristiano hasta su regreso.
Isolda agredeció con una profunda reverencia. Su viaje sería largo asta Doisettep, y en más de un sentido.