Haas aguardaba junto a su caballo en los aledaños de la plaza de Gréve, con el rostro encharcado en sudor a causa del bochornoso calor de aquella mañana parisina. Ni siquiera una clemente brisa aliviaba lo más mínimo la castigada piel del teutón, que escuadriñaba los alrededores esperando ver llegar al contacto que le indicaria cómo llegar hasta su objetivo principal, la Duquesa de Orleans.
El germano no conocía la identidad que se escudaba tras aquel título, pero en su búsqueda de propietarios a los que acudir para solicitar la cesión y compra de un pequeño feudo en el que instalar un priorato estable de la Orden Teutónica, su nombre había aparecido a menudo entre susurros y un velo de desconfianza, hablaban de aquella mujer como si se tratara de un fantasma o una divinidad y él estaba más que dispuesto a tener un encuentro con ella.
A pesar de barajar otras posibilidades, como acudir al Temple o al Hospital, era consciente de que ninguna de ellas colaboraría con una Orden rival que actuaría de parásito y que absorberia recursos y donaciones como una planta trepadora que se alimenta de los árboles sanos hasta secarlos. Si bien era cierto que las tirantes relaciones entre ambas órdenes podría favorecer a una tercera como la suya, la bruma de misterio que envolvía a la duquesa atraía la curiosidad de Haas y de todos modos, nada tenía que perder, puesto que contaba con una negativa de antemano. De paso, podría entrar en contacto con la alta nobleza parisina, un paso fundamental para asentar los pilares de su proyecto en el futuro, pues con el apoyo (o al menos permisividad) de los altos dirigentes, la estancia de los hombres de Federico II en la capital de los francos sería, indudablemente, más fácil y displaciente.
Su mirada se desvió casi sin quererlo hacia una zona de la plaza cuyo empedrado se veía oscurecido por la tétrica marca de las hogueras, y que a tenor de sus dimensiones, éstas eran habituales y numerosas , posiblemente destinadas a los herejes albiguenses que proliferaban más al Sur, aunque a Haas le repudiaba la idea de que la Iglesia pudiese enviar a las llamas a aquellos cristianos puros, primitivos, cuyo único delito era vivir en la más absoluta de las miserias y entregar sus vidas a ayudar a los demás. Incluso Federico se había mostrado tolerante con aquellas gentes de bien que rechazaban la opulencia y la degradación de la Santa Ecclesia, algo que por otra parte, era bien sabido por todos.
Al pueblo siempre le había gustado el sufrimiento ajeno, devoraba insaciable el dolor de otros, permitiéndoles aislarse de sus mediocres vidas para sumergirse en el papel de verdugos que escupen e insultan a un reo, sin conocer detalle alguno de su delito o culpabilidad. Era la parte mas negra y cruenta del ser humano, aquella que Haas conocía en demasía a lo largo de sus treinta y dos años de existencia. Se llimpió el sudor de la frente y giró la vista. Nadie acudía. De pronto una inusual inquietud comenzó a hacer mella en él. En aquel momento un extraño cosquilleo le indujo a pensar que aquella no había sido buena idea y que, después de todo, debería hablar con las Ordenes antes de enzarzarse en batallas legales con los avariciosos nobles locales...Más adelante investigaría más sobre aquella insondable duquesa, más adelante...
Tras montar en "Horka", la figura del teutón desapareció entre las callejuelas empedradas...