La mañana del 3 de Septiembre de 1225 amaneció con un cielo despejado que a mediodía se había tornado en abrasador, sin brisa o nubes que protegieran del inclemente círculo solar. En París, caminar a través del mercado de San Jaques puede llegar a convertirse en un martirio a fe de la marea humana que fluctuaba cada mañana entre los puestos como una masa compacta que enturbiaba el aire, semejante a respirar orines, sudor y excrementos. En medio de la oprimida muchedumbre, dos hombres tratan de abrirse paso entre ellos; El primero es un gigante de mas de dos metros, que aparta a la gente como si fuesen cortinajes y su cuello asemeja el de un toro. Tras él un hombre de mediana estatura y cabellos pajizos pugna por seguir al coloso y no ser arrastrado por la multitud. Ambos portan las túnicas blancas marcadas con la cruz negra que identifica a los soldados de la Orden Teutónica.
- Axel, por la hija de Brienne, dime que ves esa tienda de bastardos.- Trataba de hacerse escuchar el mediano, cuya voz era eclipsada por los reclamos de los comerciantes y el ensordecedor murmullo de aquel rio de bocas. El gigante se mantuvo en silencio, pero aceleró el paso ignoranrdo las protestas de aquellos que tenían la desdicha de cruzarse en su trayectoria. Tras unos cuantos escarceos consiguieron desviarse del flujo principal y, algo mas holgados, llegar a una tienda cuyo expositor mostraba una colección de espadas de empuñadoras ricamente ornamentadas.
- Ridículo- Musito el pelirrojo, que manoseaba nervioso una baraja de Arcanos en la mano- Venden esas baratijas danesas como si fuesen damasquinas, ¡Hasta un necio se percataria que el acero de Damasco tiene un acabado mate, y no ese brillo luminoso! Seguro que podrías peinarte con una de esas...- Un codazo y un gruñido de su compañero le insinuaron que el grandullón no estaba de humor como para que él, Derek de Worns, perdiera el tiempo criticando la mercancía expuesta.
Habían viajado desde el Sacro Imperio en compañía del nuevo Comendador de la Orden en suelo franco, Haas de Estiria, en busca de un asentamiento estable en la capital parisina a modo de priorato y delegar una representación del Imperio de manera permanente, para así mantener una relación cordial con el rey Capeto, en vistas de la tormenta política que se avecinaba a causa del enturbiamiento en las tensas y enquistadas relaciones con el Papado. La prometida cruzada de Federico se retrasaba en demasía para el Alto clero, y a pesar de haber apaciguado con promesas y privilegios a Honorio III, el nuevo Papa, Gregorio IX, iba a resultar ciertamente un duro más hueso de roer.
Asi pues, Axel y Derek eran los encargados de realizar las compras de primera necesidad, provisiones, armas para sustituir a las que resultaron dañadas por las inclemencias del tiempo, pergaminos, así como tantear la posibilidad de contratar peones nativos para facilitar la adaptación al nuevo (y embarrado) suelo que pisaban.
Su bolsa con la mercancía estaba cada vez mas llena y la de los fondos más vacía, por lo que tardarían poco en regresar al Temple, lugar acordado para reunirse con el resto de la comitiva teutónica. Mientras, Axel aguardaba a que Derek terminase de regatear con un huraño comerciante que trataba de sonsacarles un precio abusivo por las espadas, y rumiando con desgana una manzana, divisó desde su privilegiada altura, un cartel indicando la presencia de una taberna a escasos metros... Arqueó una ceja y rezó para que Derek cerrase el negocio con alguna moneda de sobra...