View Full Version: ¡Ellos existen, yo los he visto!

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Title: ¡Ellos existen, yo los he visto!
Description: Flashback, Irlanda, 4/8/1201


Isolda Lamartine - January 13, 2006 06:28 PM (GMT)
Como no podía ser diferente, su camino se unía de nuevo a lo imperecedero que aún quedaba en el mundo. No en el mortal, ciego y prejuicioso, para dar una idea de lo que a punto me encuentro de narrar, sino en el más grande pero más silencioso, que subyace tranquilamente en el reverso de las hojas simples o en los agujeros celestiales cuando cae la noche.

Ese camino terminaría allí, donde fuera que esto quedara. Allí.

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Hace no mucho habían llegado a Irlanda. Los viajes eran necesarios, se decía Isolda, para poder conocer a todos aquellos que compartían o no la visión de la magia, para conocer los peligros de los caminos o de los pueblos, y en fin, para poder algún día verdaderamente poseer la Mens Divina.

La pequeña aldea tenía sólo a un Despertado. No pertenecía a la Orden de Hermes, sino a aquellos peligroso bandidos de la Vieja Fe. Era un hombre corpulento, de mirada brusca y profunda; sus ojos negros ya tenían algunas canas, y sus poderosos brazos desnudos llevaban tantos tatuajes que su piel casi parecía negra.

Y al parecer Sandro le conocía, y no sólo eso. Los recibió calurosamente, y siempre con un gran frasco de cerveza en la mano, les contó historias y más historias, y su poderosa risa llenó a los viajeros de una extraña tranquilidad. Isolda no pudo conversar mucho con ese interesante hombre -diferente a lo que había leido sobre la Vieja Fe-, pues debía cumplir con sus responsabilidades.

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La montaña se levantaba muchos metros sobre su cabeza, y allá arriba podía verse un conglomerado de nubes respetable, que hacía que la cabeza de Isolda diera vueltas, algo mareada.

Al frente un camino se dibujaba entre la neblina, que comenzaba a salir desde todos los rincones de la tierra. Dentro de la casucha, Sandro y el montañés conversaban animadamente. ¿Por qué no podía ella conversar también? Ser diferente era difícil. Muchas veces sólo... sólo hubiera deseado trabajar, y casarse y....

Sacudió la cabeza. La niebla la confundía. Aspiró hondo y comenzó la marcha. Caminaba despacio pues sabía que ahorrar energía era fundamental y no tenía sentido extenuarse en los primeros diez metros, faltando todo aún por recorrer.

Y cuando despuntó el sol había iniciado la marcha, e Isolda vio pasar el Sol por el cenit y llegar hasta el lugar en que moría, y en ese momento se detuvo. Reunió unos cuantos maderos y los puso en un lugar donde no fueran tocados por el viento. Cerró los ojos, y un fuego apareció en los maderos.

Comió y tomó un poco de agua, y cubierta por una manta, en una pequeña gruta, se decidió a pasar la noche.

Isolda Lamartine - January 15, 2006 02:56 PM (GMT)
Había dormido un par de horas, tal vez menos, cuando una corriente e aire que venía de lo más profundo de la caverna la hizo estremecer. Abrió los ojos, asustada. Observó con detenmiento la negrura, pero no pudo esclarecer nada.

Las brazas se habían extinguido hacía no mucho, y comenzaba a hacer un frío insoportable. Isolda cerró los ojos. Hacía no mucho lo había aprendido, pero era suficiente.

En su mente, con cuidado, trazó el esquema de una antorcha, ligera y de bastón largo. Abrió los ojos. Sus manos, ambas al frente, comenzaron a llenarse de luz, y mientras los labios de ISolda se movían recitando un encantamiento, entre aquellas juveniles manos aparecía una antorcha, ya encendida.

La iba a colgar en la pared de la caverna y a volver a dormir, cuando por el rabillo del ojo percibió el movimiento de una sombra en el fondo de la caverna, donde la luz no llegaba del todo. Se giró, asustada.

Sin embargo, y cada vez que lo sentía se preocupaba, la curiosidad siempre era más poderosa en ella que cualquier tipo de sentido común.

Isolda Lamartine - January 15, 2006 03:56 PM (GMT)
Avanzó. Una mano al frente, preparada para defenderse de cualquier cosa que, por culpa de la curiosidad de la hermética, tuviera que defender su hogar a costa de su vida. Era sin duda injusto, pero, Isolda era caprichosa al fin y al cabo.

Con los años aprendería.

La caverna se hacía lentamente más angosta, y auqnue miraba con cuidado, parecía no haber ningúna otra puerta lateral: sólo un largo camino en línea recta, angosto cada vez más, y cada vez con un aire más enrarecido.

Había avanzado ya varios minutos, cuando se dio cuenta que seguir le sería imposible. Estaba prácticamente arrastrándose; su vestido estaba hecho girones, y sus rodillas y codos estaban raspados y ardían; en la mano derecha sostenía la antorcha, que a pesar de ser ligera, estaba siendo en este momento insoportablemente pesada. Estaba cansada y lastimada. Un escalofrío recorrió su cuerpo.

No podía girarse por la incómoda posición de su cuerpo, y sentía una pesada respiración, un aleteo, o unos pasos justo en su nuca. Cerró los ojos, intentando encontrar una respuesta.

No la necesito.

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Nunca podría haberlo esperado, pues sucedió demasiado rápido: sus manos se deslizaron sobre la húmeda piedra y su cuerpo quedó extendido cuan largo era sobre el túnel de piedra; aunque no lo sabía hasta ese momento, había estado moviéndose casi verticalmente, y fue sólo la mezcla de todas estas situaciones y de la desconcentración de Isolda, la que propiciaron el que cayera como en un tobogán, a una velocidad vertiginosa en exceso, lastimándose todo el cuerpo en el camino.

La caida la detuvo una superficie mullida, por extraño que eso pareciera. Levantó el rostro. Jamás hubiera creido aquello de haberlo escuchado de boca de alguien; pero lo estaba viendo, y era real.

Un amplio salón rocoso iluminado con un rojo sangre que parecía provenir de las mismas piedras, se extendía en todas direcciones; el techo era tan alto que a pesar e la luz no podía distinguirse donde empezaba, y las estalactitas eran de dimensiones tan impresionantes que más que pedazos de roca daban la impresión de ser colinas en aquella nueva tierra.

¿Qué era? ¿Un insecto, una hormiga?

Un ruido y un temblor de tierra la sacaron de su asombro. Miró hacia arriba, y un rostro, un ROSTRO, que parecía dibujado en el techo, la estaba mirando. Sus ojos eran terribles, y gigantes eran sus dientes y facciones, y podría ser aquel rostro como una cúpula. Y parecía también una estalactita ser un brazo, y un gigantesco pilar su pie.

Isolda se incorporó y entendió de qué se trataba, y agachó el torso en una rverencia, mientras decía su nombre y el de su maestro; temblaba pero por dentro, pues si lo hubiera hecho por fuera el gigante la hubiera aplastado sin misericordia alguna.

Y luego de un silencio, él dijo también su nombre, complacido con el respeto que le mostraban

Y allí pasó tres días y tres noches, sin dormir, escuchando y recorriendo, y fue la primera vez que entendió que el mundo era mucho más grande, mucho más viejo.





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