Sin Sol ante quien esconder los tímidos ojos. Sin Noche a quien rogarle compasión o cuna. No caía siquiera el Agua, y no eran imponentes o terroríficas las nubes que cruzaban sobre su cabeza. Pero lo más impresionante era el silencio poético, sólo roto por los chismorreos, que se dejaban caer desde alturas inimaginadas, trayendo consigo sólo conversaciones banales. Algún ave cruzó en rápido vuelo, para que el momento no fuera especialmente normal, y alguna que otra hoja se dejó desprender de su anterior hogar con la misma intención.
Quieto. Así era. Como si nunca hubiera existido dentro del Tiempo, siendo olvidado por este por ser tan humano. Tan Perfecto.
-Es hermoso...
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Dos figuras observaban las calles lejanas y los lejanos suburbios; los humos que salían de aquellos nudos formaban en el aire entretejidos dibujos, anagramas y simples formas, que no lo eran tanto. Una sobre un caballo blanco, menuda y delicada, y la otra sobre uno de color café y brillante, más alta y ruda. Ambos parecían pertenecer a aquel paisaje corriente y vulgar, y ambos, sus esencias, parecían entretejerse cuidadosamente con el ambiente que observaban, con los susurros, las ausencias y los humos. Y ambos sabían que ese era el inicio del camino y el fin del mismo; como Aleph, como todo. Y ambos, como si su enlace fuera verdadero, se movieron en dirección a la gran urbe con el mismo paso lento y contemplativo, dejando que su cuerpo fuera un caliz, lleno ahora de esencias y aromas que hacía mucho tiempo no compartían.
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Su deber los alejaba inexorablemente del placer que les producía la ciudad. Siempre, desde que los hombres habían recibido de los dioses el poder de nombrar el mundo, las ciuades habían sido poderosos epicentros de las voluntades olímpicas. Y los entramados, y los tejidos de los seres Efímeros, apostados donde los Durmientes sólo llegan con sus sueños, eran tan similares a los de las ciuades, que los celos arrasarían con su fuerza toda piedra sobre piedra y todo signo destinado a designar, nombrar o definir.
La amaban. Uno no la conocía. La otra la recordaba. No era suficiente para explicar aquel sentimiento, el Innombrado, como lo llamaban con irónica sugerencia a lo contradictorio de su significado. No era suficiente, pero a ninguno de los dos les importaba.
Luego, esperaban, podrían deleitarse con los elixires que vertían las mentes humanas. Ahora sólo había un camino posible después de haberlos recorrido todos, incluso ese que ahora admiraban con cierto virginal temor.
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No se hizo esperar el recibimiento. Los vientos se agitaron con delicadeza sobre las cabezas e ambos viajeros, y los caballos, fieles y hermosos, levantaron la cabeza para admirar a sus amos por primera vez expléndidos en aquel lugar que, en su simplicidad, les hacía crecer. Sobre ellos no sólo el viento sino también un hermoso sauce llorón, Él, les dio la bienvenida, y frente a ellos la puerta cerrada, mientras atrás la puerta se cerraba.
-Magíster Scholae Sandro Iván Artois D´Vicrer Salazar, bani Bonisagus, Dragón de los Cinco Vientos, sed bienvenido a Le Ictus. Magister Scholae Isolda Christine Terrein Lamartine, bani Bonisagus, Princesa de la Luna de Fuego, Guardiana del Innombrable, Portadora de la Cruz de Hielo, sed bienvenida a Le Ictus.
El tono de voz del anciano que estaba frente a ellos era impresionante. Ninguno de los dos recordaba cómo podían ser sus hermanos de aprendizaje, los dominadores del mundo. Podían ser ciertamente bastante molestos, auqnue no era el caso.
La figura más alta sonrió enigmáticamente ante las protocolarias palabras del Regente de la capilla. Con movimientos lentos por la edad, retiró la capa que cubría su cabeza, y sus canosos cabellos -exactamente iguales, nunca cambiaban- cayeron libremente sobre sus hombros. Sandro era ya muy anciano; debía serlo, auqnue nadie podía precisar su edad. A nadie le importaba... y muchos le temían por esto. Sus ojos eran blancos. Tal vez eso era lo único que ahora era diferente. La ceguera buscada y necesaria, según alguna vez había dicho, sería lo único que le permitiría llegar allá donde se suponía imposible. El tiempo pareció detenerse en una calma plagada de peligros, pues eran los caminos solitarios y nunca transitados los que se evidenciaban alrededor de aquel cabello blanco.
La figura más baja retiró al unísono su protección; las manos pequeñas y blancas, marmóreas, como talladas por ideas y no por dioses, se movieron con ternura e implacable precisión, dejando que el cielo parisino observara por segunda vez la magistral obra de lo efímero y lo oculto materializadas en aquel cabello solar, en el rostro aún juvenil y rebosante de pura energía esencial, en aquellos ojos que estallaban en vorágines fractales a cada instante. Y el sentimiento que generó Isolda fue entonces de confusión, pero no como en los mandalas, sino como en los laberintos, y fue su palabra, Aleph, inicio caótico y hermoso, místico velo orginal, quien recibió con brazos abiertos el alma del Adepto que los observaba atónitos.
-Hace mucho tiempo no sales de tu habitación, Aeptus Iniciatus, pues debes saber que ahora su nombre es también Jinete de la Tormenta, y lo será hasta que el Movimiento del mundo haya cesado.
Sonreía con esas imposibles sonrisas que sólo la completa Iluminación otorga a quienes la alcanzan, y así mismo el cálido abrazo que le concedió al aturdido regente, provenía de la misma sagrada fuente.
Hablaba insoportablemente rápido. Incluso para aquellos más avezados en el arte de la paciente escucha, aquellos ratos hubieran sido sin duda alguna una cruel tortura. Poco importaría después, en unos minutos, tal vez incluso en algunos segundos, pero justo en ese momento era insoportable.
Los nombres se escapaban de aquella voraz boca con insistencia, y las advertencias, los consejos, las opiniones, se clavaban en los oidos más no en el alma. Y uno tras otro desfilaron frente a sus ojos años y años, y más aún de los que ella podría creer, pues en sus ojos juveniles se ocultaban ya muchos años.
No así, Sandro sonreía complacido por aquel regalo. Las voces siempre le habían parecido encantadoras y eran para él suficientes. Eso tal vez aprendería después la que ya no era su discípula sino su Compañera, su Igual, auqnue se demorase.
Y así, aunque habían arribado cuando el Sol apenas despuntaba en la lejanía, vieron por una estrecha ventana fabricada en una de las torres laterales, cómo el Sol, cansado del extenuante recorrido, se dirigía a su morada y a su reposo. Y cuando por fin ya sólo la oscuridad se hacía sentir, la larga narración terminó.
La joven suspiró, aburrida. Afuera comenzaban a encenderse los fuegos, y su curiosidad crecía por momentos. Sandro hablaba, aunque no fue después que escuchó lo que decía, y por meses sintió un extraño vacío, como si lo que ya se había perdido hubiera sido verdaderamente importante.
-... es entonces cuando lo dirás. No antes, pues cada cosa ha nacido para su momento, y como portadores de la Voz debemos respetar el destino de las Palabras. Si hay, como lo creo, quienes no entiendan las razones, entonces retornaremos al inicio, lo cual, desde luego, no será para nada malo.
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"Por fin", pensó el Adepto en cuanto vio en la lejanía lo que con ahinco esperaba. No podía él controlar aquel lugar, y desde allí había ya dejado de practicar lo que verdaderamente le apasionaba. Había Despertado con ya mucha edad, y su aprendizaje había sido lento; pero siempre había sido humilde, y no dudó un segundo en enviar la misiva a Doissetep, pidiendo enviaran allí a alguien con fuerza y sabiduría.
Semanas después la carta estaba de regreso, y su sorpresa al leerla aún no terminaba, mientras contaba a ambos poderosos Bonisagi las razones que tenía para decidir abandonar ese lugar. Y no eran pocas, y no eran sencillas. La actitud de la mujer le desconcertó, pero aún más las palabras del anciano. ¿Acaso no podrían ser los Bonisagi como ellos, directos y francos?
En su mente resonó un suspiro. Estaba oxidado, realmente, auque encantado.
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Se habían congregado todos ya. Habían tenido tiempo suficiente para estar en los pasillos, conversar con todos y cada uno de los Despertados, casual y despreocupadamente. Sandro simplemente esperaba, mientras observaba a la peligrosa serpiente que años atrás él había educado, hacer mella en las voluntades de los recios hombres, con veladas palabras y despliegues que nunca habría él podido igualar.
Realmente la respetaba, y veía en su frente un sino mucho más grande, más peligroso.
Se habían congregado todos ya. En ese momento el Adepto sintió el llamado de la casualidad, y con voz solemne con extraños atisbos de felicidad, anunció a Le Ictus que su tiempo en ese lugar había ya terminado.
Su público no era muy grande, pues nunca lo habían sido los Despertados, y menos aún después de las cruentas guerras en oriente, pero sabía que ellos estarían felices, pues sus tradiciones eran más animales y detestaban el orden y las órdenes, y a él.
Isolda se puso de pie. Su luz brilló tan fuerte, y sus ojos fueron tan maternales, que cuando sus palabras sonaron no eran las de un hombre sino las de un andain, y era Dana, y era Artemisa, y era Cerwen, y era la Madre. Y sus lazos eran ya tan firmes, que aunque los hombres lo intentaron, ya no pudieron liberarse, y el poder de Dios que antes que Ella había estado allí, tuvo que moverse un poco en cuanto le fue requerido, pues ambos invocaban el sagrado Nombre, y de hecho, ella invocaba todos los nombres que hubieran sido conocidos.
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Y así fue entonces como una historia se separó del Tapiz, y otra más brillante fue unida a él; muchos se arrepentirían cuando sus pasos ya se hallaran fuera de la ciudad, lejos, donde no podían escuchar sus lamentos. Otros se avergonzarían años después, y algunos otros se alegrarían, auqnue ya sus caminos les hubieran llevado lejos de aquellos muros que celosamente serían guardados.