Merodeando por el mercado, una figura enlodada de pies a cabeza y a penas discernible del resto de la calaña que ensucia esas calles, observa detenidamente cada puesto de cada mercader como escudriñando alguna simbología, como si le fuera la vida en encontrar algo. Finalmente, su rostro se torna sonriente al fijar la vista en el tenderete más desapercibido a cualquir ojo. Se dirije decididamente hacia él, observando al extraño mercader que lo dispone, y allí, atemorizado, deja una carta sellada y hulle sin mediar palabra.
-CARTA-
Para Joseph el Egipcio de su estimado amigo Miguel de La Rosa.
Buenas noches ante todo querido confidente. Hace ya tiempo que no he tenido el placer de ser agraciado con una maravillosa conversación de esas que ofrece su presencia. Las hecho de menos. Además existen una serie de hechos que me gustaría tratar con usted. Se que su tiempo es oro. Si lo considera oportuno será un placer disfrutar de su compañía; en cuyo caso debe entregar una notificación escrita con sus condiciones para el encuentro, en el mismo puesto del mercado. Un contacto pasará por ella en dos dias.
Decida lo que decida, un cordial saludo.
Mientras Joseph bromeaba animadamente con dos de los habituales de la taberna, vio como uno de sus criados entraba y se dirigía directamente hacia el tabernero, al que disimuladamente entregaba lo que parecía ser una carta. Con la misma precipitación, y realizando un leve gesto que sólo Joseph interpretó como un saludo, el hombre abandonó la taberna. Pasado un tiempo prudencial, pasó a recogerla y fue a leerla a una mesa solitaria en un rincón.
La carta era breve. Y concisa. Miguel de la Rosa, de toreador, pedía encontrarse con él. No era la primera vez que lo hacía, incluso tuvieron épocas en las que se veían bastante a menudo. Por aquel entonces Joseph aun pensaba que el señor de la Rosa no estaba perdido del todo y podría entender las enseñanzas de Set. Pero estaba demasiado cerrado en sus ideas y no fue capaz de ver más allá. Con el tiempo se fueron distanciando y sólo se veían muy de cuando en cuando, normalmente para solicitarse algún tipo de información. Joseph meditó unos instantes, pensando si sus contactos le habían informado de algo relacionado con la Rosa últimamente. No era un hombre muy conflictivo... Sacó tinta y una pluma de su túnica y comenzó a escribir:
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Joseph el Egipcio, 20 mayo del año del señor de 1225, París
Me alegra tener noticias suyas, pues hace ya muchos meses que no nos vemos, como bien dices. El trabajo y los viajes me han tenido muy ocupado últimamente, pero estos días me encuentro en la ciudad, y no tengo inconveniente en concertar una breve cita con usted. Uno de mis hombres, pasará a buscarlo mañana por las inmediaciones del Cuerno Rojo y le llevará a mi encuentro, al caer la medianoche. Espero no tenga inconveniente y podamos disfrutar de una siempre agradable conversación.
Sin más, me despido, esperando mañana vuestro encuentro
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Releyó la carta comprobando que no había errores, la enrolló, y la selló con su anillo. Acto seguido, se levantó, entregó la carta al tabernero susurrándole algo que nadié pudo entender, y volvió sus quehaceres...
--Perdona Antoine, tenía unos asuntos que atender, ¿por dónde habíamos quedado?
--....
Maddamme Marie, situada en las afueras del mercado, recibe la visita de un niño de la calle que porta una carta sellada. A su llegada le sonrie y le da un beso en la mejilla.
- Gracias chico, toma estas monedas en compensación por tu trabajo. Eres un buen pícaro desde luego. Marcha anda, y aver si acudes un poco más a la iglesia, tu alma te lo agradecrá. Vamos marcha................
Marie toma la carta, observa el selllo y parece concentrarse un segundo mientras apoya las yemas de los dedos sobre el papel. Tras comprovar que todo se halla en orden parte hacia la Sainte Maisson a entregarle el manuscrito a Miguel de la Rosa.